Dandys de Tokio

(Una temporada en Japón 03)

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En el barrio de Odaiba hay un gran palacio de congresos donde a veces a los sibaritas nos ofrecen un anzuelo con el que nos pescan. Los sibaritas eran los antiguos habitantes griegos de Síbaris, en la Magna Grecia, hoy Italia, cuya ciudad destruyeron los de Crotona con una argucia musical: tocaron las flautas cuando fueron atacados por los elefantes de Síbaris, sobre los cuales cabalgaban sus guerreros. Los paquidermos se pusieron a danzar, pues a ello los habían enseñado sus dueños sibaritas, y pisotearon a sus propios dueños. Síbaris fue totalmente destruida y parece que la humanidad desde entonces ha tratado de arrinconar a sus descendientes espirituales. Por ello, siempre es una alegría para un sibarita poder encontrarse con otros de sus especie. Hoy día a los sibaritas se les llama de otro modo y quizá el vocablo dandy sea el más adecuado al sentido original. Es cierto que un dandy ha sido a lo largo de las épocas a veces un mísero escritor (no todos fueron Lord Byron) como bien cuenta Hugo Ball en su novela Flametti o el dandismo de los pobres. Pero el dandysmo nada tiene que ver con la riqueza o con la capacidad de adquirir cosas y si no, ahí tenemos al mayor dandy que ha dado nuestro país, Alonso Quijano, en los tiempos en que los dandis eran llamados hidalgos y al salir de casa, altivos y con la mirada elevada, se echaban unas migajas de pan en las barbas para que se creyese que habían comido. Para el dandy, comer no es importante, pero si se come, que sea sobre un mantel de seda china y con cristalería de Murano. Y el café a los postres, porcelana de Imari y azúcar de caña y -por favor- nada de leche, que es pecado.

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Y en Odaiba, barrio de Tokio ganado al mar, iba diciendo, se celebró una feria de antigüedades a la que, evidentemente, un dandy sibarita como yo -¡tengo reloj de pulsera al que hay que darle cuerda a diario!- no podía faltar. Lo que allí había es difícil de describir, porque el terreno de las antigüedades abarca por suerte desde porcelana japonesa del siglo XIX hasta transistores Mitsubishi de cuando la Olimpiada de Tokio de 1964, pasando por singles del grupo musical yeyé nipón The Tigers. Pero, sobre todo, en una reunión así, el gozo es contemplar a quienes venden y a quienes compran. Allí se citaron los últimos ejemplares de dandys que quedamos, que no son muchos en estas islas del antiguo Cypango, pero que son cosa fina, o “crema” que diría mi amigo Simeón el Estilita.

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Los dandys, que deben mucho al británico Beau Brummel, un abanderado del dandysmo allá por el siglo XIX (y que nos ha legado la colonia para las distancias cortas) saben que cualquier detalle, un pañuelo anudado al cuello, una pluma estilográfica Parker Azteca de 1909 en el bolsillo de la chaqueta o un libro como el Catón en la mano, los identifica como miembros de esta hermandad hoy defenestrada por este mundo sin etiqueta. Las dandys japoneses, casi perseguidos y vilipendiados, se refugian en las ferias de antigüedades, compran una lámina de Osamu Tezuka o una medalla que el emperador de la era Showa impuso a un famoso dentista y que les queda que ni pintada en su americana. Un (incluye el género femenino) dandy japonés goza además del aditivo de lo oriental, algo que dandis de otros lares siempre admiraron o quisieron tener, póngase el ejemplo de Mata Hari, una dandy francesa acusada de espía por la organización internacional de exterminio de los dandis y que pronunció la bella frase “prefiero ser la amante de un militar pobre que de un banquero rico”. Con declaraciones así -y solo hay que ver lo que ocurre actualmente en el mundo- es lógico que la fusilasen. Que San Síbaris la tenga en su gloria.

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Los dandys de Tokio aún no son perseguidos por las autoridades y gozan de cierta libertad, eso sí, si no se “significan” demasiado, o lo que es lo mismo, cumplen la máxima de Brummel, que abogaba por ir por el mundo de modo “conspicously inconspicous”, es decir, notoriamente desapercibido. Es algo que quizá incumplen, y loados sean por ello, los dandys del Congo, antigua colonia belga propiedad privada de su rey Leopoldo, donde los dandys son hoy día llamados “sapeur”, de Societé des Ambienceurs et des Personnes Élégantes (ambianceurs significa ambientadores) y pasean su bella y colorida estampa por la rúa sin miedo al escarnio. Los dandys, digámoslo claro y con i griega, llevamos siglos perseguidos y nadie hace nada por salvarnos. Por eso es reconfortante encontrarse con los hermanos de esta sufrida cruz aquí en Tokio, a 12.000 kilómetros de Córdoba, que fue urbe centro del dandysmo en tiempos de Abderramán III.

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Y aquí, como remate, unos sapeur del Congo toreando al mundo

Y aquí, como remate, unos sapeur del Congo toreando al mundo

El tren yeyé a Hakone

(Una temporada en Japón 02)

El tren yeyé “Romancecar 3100”

Estos días decidí comportarme como un japonés del mismo Japón. Así que la programación era un viaje en tren hasta Hakone donde disfrutaría de las aguas termales y una escapada al lago Ashinoko para, si las nubes lo permitían, tener una esplendorosa vista del monte Fuji o Fujisan. El viaje lo programó mi geisha, y como buena japonesa, estuvo atenta a todos los detalles. Dejando a un lado el culo rojo que se me quedó con las aguas termales, la visita al museo de Saint Exupery y su pequeño príncipe (qué cosa más rara, aquí a 12.000 kilómetros de París) y las maravillosas vistas al Fujisan, lo que más me gustó del viaje fue el tren, concretamente la ida, en el Romancecar 3100 del año 1963. ¡Cómo no voy a  emocionarme cuando viajo en un “Romancecar” de colores yeyés y estética retrofuturista! Sí, yo soy un sentimental.

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El monte Fuji desde el tren yeyé, camino de Hakone

Siempre me resultó curiosa la afición de los japoneses por los trenes, pero hay que reconocer que con los trenes que conservan aún funcionando, verdaderas joyas de otras épocas, el menos pintado se aficiona a ellos. Es normal encontrarse a los japoneses con su cámara, esperando en la estación a que pase tal o cual tren, o en medio de una gran nevada, subidos a una loma, esperando tomar aquella foto del más moderno shinkansen (tren bala) con la nieve y el Fuji al fondo. Sí, otros se entusiasmarán más por el aún en pruebas novedoso tren bala que alcanzará los 500 kilómetros hora, pero yo en mi tren yeyé, que no pasa de los 170, observo entre nubes el Fuji y pienso en Modesty Blaise y Bond, cuando éste era Bond y no ese Guardia Civil joven en un gimnasio que representa Daniel Craig.

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El Fujisan desde el lago Ashinoko, con el tori del santuario sintoísta a la derecha

Japón ha sabido mezclar el progreso, la llegada de nuevos modelos de trenes, más rápidos y de locomotoras de diseños siempre vanguardistas, con sus antiguos modelos, verdaderas piezas de museos. El tren yeyé a Hakone es uno más dentro del amplio abanico de modelos sacados de otro tiempo que uno puede encontrarse en Japón. Aunque, sin duda, el tren yeyé a Hakone es mi favorito. Y de banda sonora le ponemos a Kayoko Ishuu y su Bazzaz nº. 1 que adjunto https://www.youtube.com/watch?v=lKk2CcaE818

Nando Viñas

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El año del mono en calcetines

(Una temporada en Japón 01)

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Este 2016 resulta que es el año del mono para Japón. Debe ser sin duda mi año. Y de nuevo lo comienzo en Tokio. Para qué les voy a engañar, en este país ni sabe uno cuándo es domingo ni cuándo empieza la navidad. Todos los días son iguales porque las tiendas no cierran nunca y para más inri, no hay misas. Así que las navidades se me han pasado sin turrón, borrachera de anís (del mono, que es un retrato de Darwin en la etiqueta, sin duda el mejor chiste comercial de la Historia), petardos ni fiesta fin de año bailando por Raphael con Raffaella Carrá.

Pero he encontrado una manera infalible se saber que las navidades se han acabado. No se crean que es fácil porque a día de hoy (10 de enero, creo, sábado o domingo, no sé) el árbol de navidad de la plaza del barrio (Akabane) sigue puesto. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid he dejado también puesto el árbolito mini navideño en casa por dos razones: la primera porque no sabía cuándo se acababan las navidades y la segunda porque mi prima Angelines, que vive en Martorell, jura que me ha enviado una tarjeta navideña hace mes y medio. Lo malo del asunto es que se la dio a su padre, mi tío Florencio, para que fuese a Correos, y éste se pararía a comer un bocadillo de boquerones en vinagre en algún sitio y sospecho que acabó comprando los sellos en una tienda filatélica, donde entablaría animada conversación con su dueño, que le vendería sellos de Franco de 10 pesetas. Es por eso que el christma no parece querer llegar.


Pero he perdido el hilo. Yo quería contar el método para saber que en Tokio ya no es navidad. Sencillísimo, aunque he tardado en darme cuenta. Se trata de ir a un “depaato” o grandes almacenes, a la sección de rebajas, y comprar allí estupendos productos navideños a precios irrisorios. Lo bueno no es solo que uno sale con el convencimiento de que al menos estas navidades ya han acabado, sino que además se puede llevar a casa por 200 yenes (euro y medio) unos magníficos calcetines navideños que nos tapen esos dedos tan feos que tenemos en los pies. Dedos de mono, para no desmerecer el año. ¿A que son preciosos y demodé?