Mis monjitas

(Los visigodos II)

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Viajar por la península de los conejos (hispania, conejo en fenicio) me lleva a visitar muchos conventos de monjas. No, nada tiene que ver la película de la caza del conejo de Saura, ni los conejos fenicios con las monjitas, juro por en pantócrator que la asociación debe ser inconsciente. El caso es que, será por dormir todas las noches a solas en grandes camas de hoteles o por el reblandecimiento de sesos que me producen mis visigodos (ya saben, yo ejerzo de mamporrero cultural del turisteo germanoparlante), las monjitas me sirven de consuelo. Cuando acudo a una ciudad, de la que ya lo he visto todo, desde la cripta de San Isidoro de León hasta las cloacas romanas de Astorga, busco con deleite los conventos de monjas. Allí voy con objetivos poco espúreos, bien lo sabe todo niño de pecho o teta, aunque más de uno piense en una soterrada historia de amor entre rejas y tornos que giran sin cesar. Yo soy un alma de cántaro, lo juro, tanto que cuando paso en bus junto a un puticlub de carretera le entran ganas de publicar un libro titulado “Arquitectura de puticlubs”, con sus grandes fotos de las fachadas, de sus neones aún sin encender y de sus evocadores nombres como “Dulcinea” o “Fruta prohibida”. Lo dicho, solo me interesa de los puticlubs la arquitectura, y de los conventos de monjas su fruta prohibida: los dulces.

Los dulces de mis monjitas son la ambrosía de los dioses para mí. Conozco todas las monjas de este endiablado país por su sabor. Lo juro por el señor Jesucristo y por el musgo santo del templo/santuario sintoísta de Kinkakuji en Kioto. Ah, el sabor de las monjas, siempre igual y siempre distinto. A veces impúdico, mostrando su hábito, ofreciéndome las cajas de dulces, a la vista, con su cajita fuerte de ferretería de barrio con su llavecita, como la llavecita del tesoro de la virginidad. Otras, muestran oculto su sabor, detrás de un torno y un timbrecito que suena en el más allá. Entonces se acercan los pasos eternos de la monjita y te dice ave maría purísima, y yo, sin ver su rostro, me imagino que es doña Inés y le susurro por Zorrilla un sinpecadoconcebida. Nuestras miradas atraviesan entonces el torno, la madera que huele a incienso y a cambio de unas pesetas modernas con la cara de Frau Merkel el torno me devuelve la fragancia infinita de las púdicas manos que amasaron almendras, azúcar y clara de huevo para mi paladar. En una ocasión, una monja de clausura de las carmelitas descalzas de Ronda entreabrió secretamente la puerta del infierno desde el lado del cielo por la curiosidad que le produjo que yo le dijese que en realidad era budista. Desde su esquinita del fin del mundo me sonrió con su único diente como el colmillo de la ballena blanca, me miró dulcemente a los ojos y me dijo: sí, tienes cara de budista. Ese día dormí levitando una cuarta por encima de las sábanas de mi hotel.

Sí, lo confieso, las amo a todas, a las dominicas de Salamanca y sus amarguillos, a todas sin excepción en los numerosos conventos toledanos, a las del convento de San Pablo en Cáceres, especialmente por sus perrunas, a las carmelitas de Ronda y sus sultanas… Podría escribir un tratado sobre los sabores de las monjas españolas, aderezado por informes arquitectónicos de sus claustros (¡¡no tarden en visitar el maravilloso de las dominicas de Salamanca, obra de Gil de Hontañón, Convento de las Dueñas!!) y confesar que me muero por sus huesos de santas, por su yema tostada de Ávila…

Podría, pero yo soy un caballero, y callo lo que debo, pues en el silencio -monjil- reside el arte de la prudencia. Pero quizá un día me salte la regla y hable, y lo cuente todo. Pero no, mejor no, porque ese día, seguro que dejarían de aparecer esas agolosinadas  monjitas con sus cajitas de dulces en la mano, escapando del Lucifer donut industrial, para hacerme la vida nocturna en las habitaciones de los hoteles más llevadera. Y seguro que, como demuestro en la foto, no se presentarían transparentes, vaporosas, iluminadas por la fe en el horno celestial, fantasmalmente acarameladas. Sí, mis monjitas, yo, ateo budista-sintoísta y marxiano por parte de Groucho, os amo mansamente como un corderito de tímpano de vuestros claustros mudéjares.

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Monjitas etéreas que se desvanecen al soplar

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Un Bitter Kas con patatas fritas

(Los visigodos 1)

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He vuelto a retomar mi intermitente actividad como mamporrero cultural con teutones ávidos de conocer la Iberia del café a mitad de precio y el viva la señora Merkel que permite a los sureños que nos hagan la danza del tamtam. Y aquí me tienen, viajando por mi propio país, si es que tengo país más allá de mi maleta, mi verdadera patria.

En Madrid he aprovechado la ocasión y los ratos en que los visigodos estaban a sus cosas para encontrarme con gentes diversas que llegan a tu vida no sabes muy bien cómo. Mi estimado productor cinematográfico H, al que tanto le gusta mirar en los posos del café me habló en nuestro encuentro de su gurú y de las risas que el tal señor se echaba a su costa en la consulta. Nada nuevo bajo el sol, el otro está fundamentalmente en frente para que mires en su espejo tus propios defectos. Tomamos café en el Círculo de Bellas Artes, y allí estaba en la mesa contigua Josep Borrel, a quien unos vientos se lo llevaron. Estaba allí también Montxo Armendariz, y luego, en el aeropuerto atravesó raudo la terminal Boris Izaguirre. ¿Pero quién es toda esa gente? Son gentes que ves cuando sales de casa, que es lo peor que se puede hacer en el mundo porque por la tele los puedes ver tumbado en el sofá.

Para desintoxicarme de caras catódicas me encontré con mi amigo F, que lleva más de 40 años tratando de resolver el nudo gordiano de haber nacido el 29 de febrero. Tomamos café en el Café Central (Plaza del Ángel), que es sitio cercano a Puerta del Sol donde se come un menú estupendo por 12 madriles. Allí, en un alarde por saber quién era yo, saqué de mi bolsa todo lo que llevaba. Se desparramaron caramelos japoneses, listado de visigodos que vuelan con Iberia, ruta por días por la península, gafas de sol, gafas de vista johlennonianas, hilo y aguja, un sombrero arrugado, un pañuelo de estampado de caballero nipón, más pañuelos pero de papel recibidos de regalo publicitario en las calles de Tokio, monedas de yenes y de euros, mantecados de las monjas carmelitas de Cáceres, de Trujillo y de Toledo, un lápiz marca mitsubishi, el p… móvil con gusap que nos está dejando los ojos ciegos, tarjetas de visita mías, tarjetas de habitaciones de hoteles, y libros, demasiados tontos libros, por eso pesaba tanto. Libros que más que resolver el enigma de quien soy, lo acentúan.

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F y yo decidimos después dar un paseo por Puerta del Sol y nos encontramos a Mister Bean. No pude resistir la tentación de tomar una foto de ambos, juntos, para demostrarle a la humanidad que la gente se puede parecer a un muñeco de otra gente. Entramos juntos en el metro de Ópera y él se bajó en Ciudad Lineal, el visionario proyecto del urbanista Arturo Soria. Yo continué camino hasta Canillejas, donde un chofer de autobús amarillo limón, como el olor de la muerte en la película El marido de la peluquera, me llevó al aeropuerto a recoger a más visigodos.

Una vez depositados todos los visigodos en sus camas volví a preguntarme quién era yo cuando otro amigo me envió un vídeo gusapero de una señora irritada porque nadie le había dado el pésame por su perro pero sí a la viuda de un señor joven vestido con medias rosas. Cuando iba también a preguntarme quienes eran estas señoras y quienes son, en general, así, en crudo, los demás, me pedí el bitter kas con patatas fritas y mi alma reencontró el equilibrio. Gracias señor Kas, por hacer que todo tenga un sentido. A ti te adoramos, oh inmaculado y amargo color rojo.

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Mister Bean y Mister Bean F.

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Es tan fácil hacer amigos, solo cuesta un euro