Mis tribulaciones con el doctor Sakura

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Como suele sucederme que cada vez que una leve brisa invernal lame mi enjuto y ascético esqueleto, los temblores recorren mi cuerpo, los músculos desfallecen, los huesos rechinan y los seis tornillos que un mal día de fútbol me dejó de recuerdo en el tobillo gimen cuál plañideras medievales. Suele coincidir que me encuentro en ultramar, en ese Tokio donde 25 millones de almas agachan la cabeza para no contagiarse de algo, incluso puede pensarse que algunos piensan que con una simple mirada el contagio de alguna malura está garantizado. Cuando el mal ya azota mi cuerpo por varios días, no me queda más que encaminarme a visitar alguna clínica, que como en Japón existe una especie de copago, son privadas y usted escoge cuál visitar. He visitado muchas, y en todas ha habido algo que contar, y en este mismo blog ya hay un episodio narrado de un gran resfriado y una clínica en el barrio de Akabane. Como ahora vivo en Sugamo, apodado el barrio de las abuelas por existir una calle comercial pensando exclusivamente en ellas (¡qué batas! ¡Qué chaquetas estampadas!), la clínica más cercana era la del señor Sakura. No tenía fuerzas para buscar otra y además, con ese nombre, Sakura, que significa cerezo, quién iba a sospechar la tragedia que se me venía encima.

Al llegar a la clínica tres diligentes enfermeras/asistentas me hicieron rellenar un papelito con todos los síntomas que me acuciaban. Mientras tanto mostraron, para quien no supiese cómo funciona este país, la idiosincrasia nipona: mi nombre no les cabía completo en el ordenador, o en la plantilla que a tal efecto tenía el aparato, así que, en lugar de ahorrarse el segundo apellido, o el nombre, como hubiese hecho cualquier enfermera española, se les ocurrió llamar por teléfono al técnico supuestamente al cargo del asunto. La burocracia, damas y caballeros, no es asunto baladí por estos lares, y yo, humildemente, he provocado la ruptura de la apacible vida de asistentas y encargados de informática de la clínica del doctor Sakura. Que hubiese más interés en recomponer el software del ordenador que en mis debilidades físicas me debería haber hecho sospechar de la clínica del doctor Sakura, pero yo, que soy un bendito, y, dicho sea de paso, estaba para que me recogieran con una cucharilla de las que utiliza Isabel II para el té de las 5, no estaba para oponerme al transcurso del destino.

Finalmente, me hicieron pasar a ver al doctor Sakura. El venerable doctor me hizo alguna pregunta de las que ya había contestado en el formulario y, como suele ser habitual aquí, se dispuso a realizarme unas pruebas para ver si tenía Influenza (gripe A) o algún sucedáneo. Primero me metió un palillo de los oídos en la boca para impregnarlo de saliva. Después, el muy sibilino, me introdujo en la nariz un bastoncito plano, muy fino y muy largo, de papel, despacito, despacito, hasta que el bastoncito me llegó hasta el ojo, porque si no, no entiendo yo a qué se me salían dos lagrimones como dos sopas de salmorejo. Diez minutos había que esperar al resultado de las pruebas, me dijo. Volví a la sala de espera mientras las asistentas seguían con el teléfono y con el informático, pobre hombre que, según me contaron días después, se hizo el seppuku (harakiri), incapaz de introducir mi nombre entero en el ordenador. A los diez minutos el doctor Sakura me introdujo de nuevo en su sala de torturas. Enseñándome los resultados, una especie de predictor con dos líneas azules, me dijo que no tenía Influenza, que era un simple resfriado. ¿Un simple resfriado con 39,2 de fiebre? Nada, nada, un resfriado. Mis temores a que el doctor Sakura era en realidad el informático disfrazado con una bata se confirmaron cuando me dijo que qué tipo de medicinas quería. ¿Cómo? Sí, que si quería la medicina china, la occidental o antibióticos. A mí aquello me sonó como al homeópata que recetó unas pastillas a au paciente y éste le preguntó -¿y para qué sirven estas pastillas? -¿Usted para qué quiere que le sirvan?- fue la respuesta del homeópata. Lo de los antibióticos a elección del paciente no lo había oído nunca, pero el caso es que ya en septiembre tuve que recurrir a antibióticos por una bacteria intrusa en otra resfriado, así que le dije que me diese el resto de las medicinas, todas menos los antibióticos.

Salí de allí con una bolsa de medicinas -la mayoría de las que recetan te las venden en la misma clínica- y pensando que el doctor Sakura había perdido una cualidad médica fundamental: la intuición. Por mucho que la maquinita dijese que no tenía Influenza, un simple resfriado no era, eso lo sabía yo, Agamenón y su porquero. En cualquier caso, me dije, me voy a casa a meterme bajo una manta y a tomarme la medicina china, unos granulados que se echan en la boca y se tragan con agua y que por el sabor creo que el ingrediente principal consiste en caparazón de tortuga y picha de caimán.

Dos días completos estuve con la medicina china y el resto de pastillas recetadas por el malvado doctor Sakura, Fu Manchú venido a menos en un barrio de abuelas. Alimentándome de gelatina, con el cuerpo dolorido como los que acompañaban a Charlton Heston en las galeras romanas en Ben-Hur, con un dolor de cabeza espeluznante y con unos pollos que al salir, ahorraré al lector el color, se parecían al Alien de Ridley Scott antes de comenzar a zamparse gente. La Parca se mecía sobre mi futón cantándome Campana sobre campana y sobre campana una. Con mis últimas fuerzas busqué una nueva clínica que al menos salvase mi alma, pues mi cuerpo ya había sido hipotecado por el doctor Sakura. Acabé en la clínica del doctor Murayama. Ya al entrar intuí que aquel hombre podía salvarme pues en las paredes de la clínica había grandes fotografías de luchadores de sumo. Si este hombre es capaz de curar los males que aquejen a aquellos gigantescos gordos, con un enclenque de Villanueva del Duque no debe tener mucho problema. Le conté al doctor Murayama mis cuitas, y cómo había sido descartada la Influenza. Pero, ah, el doctor Murayama aún conserva la intuición y pensó que mis dolores, fiebres y esputos dantescos debían ser de algo más que un resfriado. Tras rascarse la cabeza, me dijo, vamos a volver a hacer la prueba de Influenza. Nuevamente me metió el finísimo bastoncito por la nariz hasta que se me saltaron los dos lagrimones por el ojo izquierdo. Diez minutos después llegó el resultado: Influenza. Total, gripe, algo que una madre española hubiese visto en su niño a la media hora de los síntomas, pero como soy huérfano, he necesitado dos clínicas japonesas para confirmarlo.

Las nuevas medicinas recetadas por el doctor Murayama me mantienen levemente con vida, me ha bajado la fiebre, y hoy he logrado acercarme al ordenador para escribir este testimonio por si mis herederos considerasen pertinente una demanda al doctor Sakura. Pero como no hay mal que por bien no venga, hoy mismo me han pedido de Alemania unas fotos para la promoción de la edición alemana de la novela gráfica El ángel Dadá, que saldrá allí en primavera. La mejor que tenía es la que aparece arriba, espero que les sirva.

¿Y cómo es eso de tener Influenza? Físicamente es como si el equipo de rugby de Nueva Zelanda te hubiese pasado por encima. Mentalmente es como si Alejandro Sanz se hubiese metido en tu cama y te cantase al oído la misma canción día y noche, noche y día. Prefiero lo de Nueva Zelanda.

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