Café entre arquitectura Taishoo

(Una temporada en Japón 6)

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Una cafetería de la era Taishoo y sus discretas atendedoras

A punto ya de regresar de ultramar en un confortable avión de Japan Airlines, aún he tenido tiempo de hacer una escapada desde Tokio hasta Kawagoe. Es una excursión que se puede hacer en menos de una hora en tren JR. Varios son los atractivos de Kawagoe. Vayamos al grano: los edificios de madera de antiguos almacenes de la era Meiji, la torre campanario de madera del siglo XIX, la “calle de las golosinas”, algunos templos y santuarios y, especialmente -opinión subjetiva, claro está- los pequeños edificios que aún se conservan de la era Taishoo..

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La torre campanario de Kawagoe

La era Taishoo, como todos sabemos, viene después de la Meiji, y antes de la Showa. Por si hay algún despistado, los años 1912 a 1926 son suyos. Ciertamente la fama de la era Meiji (1868-1912) suena como la de una época evocadora, cuando el sistema samurái llega a su fin, Japón se abre a occidente -obligado, todo sea de paso, a fuerza de cañones por el Comodoro Perry, menudo perro aquel yankee-. Pero, pongámonos en plan dandy, aquella época que es decadente en unas cosas y floreciente en otra no puede comparase con la Taishoo. Por los años de la Taishoo, en Europa y América, Gran Guerra aparte, también llegan los felices años 20. Son los años del Charleston y de la eclosión de la Sezession vienesa, del racionalismo arquitectónico y de Le Corbusier.  Eran también los años en los que la copa del Rey la ganaba en España el Real Unión de Irún. ¡Ah, qué tiempos!

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Dos damiselas intrínsecamente Taishoos

Y aquí en Japón, la era Taishoo, último florecer artístico antes de la militarizada era Showa y la destrucción de Hiroshima, supo impregnar un estilo propio arquitectónico del que quedan muy pocos ejemplos y que incluye elementos del art noveau. Y es en Kawagoe, en una de sus calles, donde mejor y más se conservan. Ya se sabe que Japón es aficionado a hacer tábula rasa cada dos por tres, ya sea por terremotos, guerras o para demostrar ese espíritu tan budista de que nada perdura, de que todo se transforma. Por suerte, entre los pocos edificios conservados hay un café. Un café, o cafetería, como prefieran, es el que determina si lo que se conserva sigue vivo o no. Por ejemplo, ahí está la Casa Lis en Salamanca, con su cafetería modernista, que es la que con sus vidrieras confirma la importancia del palacete. Y en Kawagoe, por suerte, queda el café Mikoe, donde un gentelman puede saborear un expreso en taza ad hoc de la era Taishoo, una época elegante, fina, como debían ser todas las épocas. Eran tiempos en los que aún no se había inventado el chandal, por mucho que en Carros de Fuego nos quieran hacer creer lo contrario. Menos mal que acerté con la camisa, porque entrar en un edificio de la era Taishoo vestido de lagarterana hubiese sido una ofensa a su casi desconocida pero melancólica arquitectura.

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Una tienda de la calle de las golosinas, como bien puede apreciarse

El café, sí señoras, señores y señoros es lo que lo determina todo. El café, sus tazas, y el cubil arquitectónico que lo alberga. Porque es en las cafeterías donde uno, sin leer la enciclopedia Salvat se puede uno hacer una idea cabal de las cosas que acaba de ver. No es en el poso del café, sino en su reposo donde descansa toda la belleza, en este caso, de la arquitectura de la época Taishoo.

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Edificios Taishoo con mi querida cafetería a la izquierda

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Camisa y gafas adecuadas para cafetería Taishoo con taza a juego

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O tempora o mores

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Arquitectura Taishoo, adiós a la madera

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Un corte de pelo así nunca está de más