Terremoto para niños en Tokio

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Andaba yo en mi terracita con un café de cafetera de abuela y una tostada con mermelada que me había traído de la España cuando aparece por el parque un camioncillo-furgoneta con un lateral abierto. Al principio creí que era de apoyo a los vagabundos que viven en el parque, pero me extrañó porque en el parque han dejado de dormir los vagabundos, seguramente “arrecogíos” por los servicios sociales y llevados a algún lugar menos visible. Del camión se bajó un diligente operario y una diligente operaria. Desplegaron una lona azul en el suelo, pusieron dos escalerillas para poder acceder al interior del camión, y colocaron en las ruedas unos tacos de madera para evitar que se desplazase -tal y como se hacía en Villanueva del Duque con los coches en los 70-. No pudiendo soportar la curiosidad, bajé raudo y veloz en busca de respuestas.

Aparecieron de inmediato un grupo de niños de preescolar, con sus gorritas de color verde un grupo y amarillo el otro grupo. Tomaron asiento sobre la lona, muy formal y educadamente -véase a los aficionados japoneses recogiendo los desperdicios de los estadios de fútbol rusos que o bien ellos o otros, que se creen el señorito Iván, han generado-. Tras unas breves palabras de la monitora, cuatro niños subieron al camión. Y ahí comenzó el vaivén, puesto que se trataba de un camión que simula los temblores de un terremoto. Los niños, al entrar al camión, bien aleccionados, se metieron bajo una mesa y se agarraron cada uno a una de las patas, por lo que intuí que en caso de terremoto con cinco niños por mesa, se espera una pérdida de un 20 %, nada comparado con los niños que se llevaba la meningitis al otro barrio hace no tanto. Una vez asidos a las patas de la mesa, comenzó el interior del camión a temblar y moverse, con lámpara y armario haciendo el baile de San Vito y pantalla de contador digital marcando la intensidad del terremoto: 4, 4,5, 5, 5,5, 6…

Una vez más quedé perplejo ante la organización japonesa. ¡Qué previsión! ¡Qué entrenamiento para todo! ¡Ojalá en España se hiciesen las cosas así de bien! Caí entonces en la cuenta de que en la España las cosas no se hacen así, pero se hacen de otro modo. Porque en la España a los niños de preescolar se les lleva a la feria, se les sube al látigo, se les deja que vomiten sobre el tío o la tía, se les da churros aceitosos para que se les pase el mareo, se les sube después a los coches de tope, donde, como me ocurrió a mí a esa edad, se golpean contra el volante y pierden un par de dientes, saliendo sangrantes del traicionero vehículo, para ponerles como remedio al mal un pañuelo empapado en vinagre en las encías con el fin de cortar la hemorragia y se les acaba soltando de mala manera encima de una silla para que duerman exhaustos mientras los progenitores o tíos y tías solteras se beben un último licor 43 con batido de chocolate, que en África se llama lubumba.

Pero, producto del amor hispano a los niños, al día siguiente, tras llevar al dentista a que le saque con unas tenazas los dientes colgantes a ese niño de feria, se les compra un balón nuevo para que en su condición de niños/as mellados, reciban sin miedo un pelotazo en la cara que nada tenga que envidiar al terremoto de Lisboa de 1755 o al de Japón de 2011. Un balón, que acaba pinchado en los cuernos de la vaca que han soltado por el pueblo el día del santo patrón y que suele medir de cuerno a cuerno los dos metros y medio. Es entonces cuando, con la nariz sangrante por culpa del balón o de la vaca que revolcó a su padre o tío, que tuvo la ocurrencia de subir a su niño a los hombros para torear a la vaca, reciben el premio final: un tirachinas con el que las lagartijas no van a sentirse seguras hasta que ese niño se rompa por fin una pierna, pescando ranas junto a uno de sus tíos borrachos en una charca cerca del pueblo, y tenga que guardar cama dos días con sus noches. ¿Preparación para los terremotos en la España? ¡Amigo, en la piel de toro siempre hemos vivido sobre un sismo avolcanado y no han hecho falta lonitas de plástico para no ensuciarnos los pantaloncitos al sentarnos en el suelo!

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Una visita al dentista japonés

Cuando el dentista japonés sacó una pistola idéntica a la que Flash Gordon utilizaba para defenderse de Ming el Despiadado, empecé a preocuparme.

La pistola del dentista

Cuando el dentista japonés sacó una pistola idéntica a la que Flash Gordon utilizaba para defenderse de Ming el Despiadado, empecé a preocuparme. Un dentista japonés habla a borbotones y dispara más rápido que su sombra, por lo que es una mezcla de Lucky Luke y mi tío Florencio. Pude entender que me iba a inyectar una especie de anestesia para que no me doliese tanto lo que me iba a hacer. ¡Pero si yo no tengo nada, si sólo he venido a una limpieza general! Negocie usted con los hijos de Mishima si se siente con valor. Yo me dejé hacer, así que tras embadurnarme las encías con un algodón mojado en vaya usted a saber qué, sacó la pistola de Flash Gordon -idéntica a como la dibujó el gran Alex Raymond- y me inyectó las encías con rayos láser. De inmediato se me fue adormeciendo la parte derecha de mi boca. Hasta tres veces repitió la operación el malvado Denti-Hito. Con la última, el efecto adormecedor me llegó hasta el ojo derecho y lágrimas inoportunas amenazaban escaparse como aquella tarde de adolescente en el cine, cuando en la escena final, E. T. le decía a Drew Barrymore (antes de que se desnudase para el Playboy años después) aquello de “sed buenos”. El ojo temblaba por controlarse, pero la boca ya había caído en un estado lamentable. No sólo no sentía nada, sino que me parecía que se me había ladeado mi sonrisa y se había caído la parte mandibular derecha; me acordé de cuando la rana Gustavo de los teleñecos ponía un gesto torcido, producido por la mano que llevaba dentro, que inclinaba los dedos hacia un lado, por debajo del pulgar. Ese era el aspecto que debía tener mi boca. Una vez en esa situación, es tontería creer que este mundo es maravilloso. Ya lo repetía Shopenhauer continuamente a todo aquel que lo visitaba en su casa de la calle Schöne Aussicht: “Vivimos en el peor de los mundos posibles”. En parte, Shopenhauer se contradecía puesto que también llegó a escribir que si hoy está la cosa mala, mañana estará peor. Efectivamente, porque el dentista japonés me ha programado para los dos próximos meses cinco, sí, han leído bien, cinco visitas más. Me han regalado, eso sí, una cartilla pistola Flash Gordon donde puedo anotar las cruces, las muescas en lenguaje de Clint Eastwood y Lee Van Cleef. Ya he preguntado en Iberia si puedo adelantar el vuelo de regreso a España, pero al parecer no sin completar la cartilla de pistola láser. Aquí en Japón el orden es absoluto, perfecto, circular, ajeno al albedrío. El peor de los mundos posibles. En realidad, la única opción de libre albedrío en la visita a un dentista japonés es decidir si mientras te raspa los dientes con herramientas de inquisidor, y que suenan como cuando barres los vasos rotos de la fiesta fin de año en tu casa, miras al foco cenital que ilumina tu sonrisa de media rana, a los ojos del dentista o a las de la muchacha que le ayuda en la tortura amarilla. Siempre se prefiere la muchacha, aunque de reojo podía yo divisar desde la ventana el vuelo de los cuervos, esos pajarracos que gobiernan desde el aire, ese lugar bajo el espacio sideral en el que Flash Gordon y Ming el Despiadado dirimen sus diferencias bajo la atenta mirada de los pacientes de las clínicas dentales, esos lugares donde reina el cloroformo.

La clínica Akiyama (Montaña de otoño), embajada del planeta Mongo en Tokio

 

Corte a tijera en una barbería de Tokio

(Una temporada en Japón 9)

Uno tiene estas cosas, que sin poder decir en japonés no me corte usted nada más que las puntas, se mete en una barbería de Tokio a que, como diría mi madre, lo dejen a uno “presentable”. El problema de mis pseudorizos es que cuando cogen una largura determinada no se sabe si son olas como las de Butragueño o el pelo de Ángela Chaning. Esos días son terribles porque hay que decidirse entre pelarse o buscar remedio con ceras, gominas -en los 80- o cualquier remedio que la etiqueta nos prometa un rizo perfecto. Desde hace algunos años, para evitar casarme con el mayordomo de Falcon Crest, entro en una barbería a solucionar el dilema.

En una ocasión me pilló el dilema en Saigón y el resultado fue una visitade surrealista a una barbería vietnamita a la que sólo le faltó el final feliz, y que incluyó rasurado de pelo de orejas. Para el interesado en aquella aventura remito a la entrada correspondiente en este blog; yo, no quiero ni acordarme.

En esta ocasión el dilema me surgió en Tokio. Me quedan días para estar en Oporto, pero ¿quién puede resistirse a la llamada de la Sirena de esas barberías de Tokio con su giroscopio hipnótico rojo, blanco y azul. Yo no soy Ulises, así que la llamada de las sirenas barberas fue irresistible. Cuando iba a abrir la puerta de la barbería, el peluquero, solícito, corrió a abrírmela desde dentro, a pesar de estar en medio del corte a una cabeza de un japonés, una de esas cabezas que si fueran garbanzo había que remojarlas en una plaza de toros y que tanto están de moda en la genética nipona. Por otro lado, este barbero debía contar en el momento de abrir la puerta los 80 o 120 años, un arco que parece exagerado pero los japoneses, sin arrugas apenas, sin ojeras, y en este caso sin pelo, échele usted un galgo para saber su edad.

Mientras esperaba acabó con el cabezón y siguió su labor con otro cliente, a la sazón algunos años mayor que él, pero con más pelo. Mientras lo pelaba pude ver por el espejo la cara concentrada del barbero en su labor. Hay barberos que fruncen el ceño cuando cogen las tijeras; éste era de los que arquean las cejas, con el agravante de que no le formaban arcos sino algo así como un acento circunflejo interrumpido en la cúspide. Su boca, permítaseme su descripción detallada, variaba a medida que avanzaba en el corte. En un principio, introducía su labio inferior levemente bajo el superior, pero a medida que realizaba su trabajo, el labio superior iba desapareciendo como una liebre perseguida por un cazador de los Pedroches. Al mismo tiempo, ese labio inferior, que apenas era un rayón con con lápiz HB cuando comenzó, se iba ensanchando como las boquitas de unas amigas de despedida de soltera haciéndose un selfie. El resultado final de su rostro -acento circunflejo, labio inferior de autorretrato ridículo- le asemejaba a la abuela de la película de dibujos animados Totoro.

Llegó mi turno y comenzó el debate de qué corte de pelo quería. Como ya expliqué antes, mi idioma japonés avanza, pero a veces no es fácil explicarse. Eso es como el profesor de física nos preguntaba en segundo de BUP por algo y respondíamos: “Si yo lo sé, pero no sé explicarlo”. Gran falacia. Llegados a un acuerdo -más cortito por detrás, más largo el flequillo-, se puso manos a la obra. Debo decir que con toda seguridad en su siglo de vida, este señor era la primera vez que pelaba a un pelo medio rizado de gaijin (extranjero) de nariz larga. Y debo decir que cuando un barbero tiene 10, sí, diez, tijeras frente a ti y las usa todas, absolutamente todas, es que te ha cogido cariño y se va a esmerar. Y a pesar del miedo que me produjo que un japonés que ha sobrevivido a la guerra de los gaijin, y la misma mañana que el gordito Kim Jung Un ha lanzado un misil que ha sobrevolado Japón, tuviese tan cerca de mi cuello la cuchilla de rasurar, a pesar de ello, digo, todo se disipó cuando mi querido barbero senil comenzó a utilizar su peine de carey. ¡Ah, el carey! ¡Qué tiempos en que las folclóricas llevaban ese trozo de tortuga coronando sus peinados Rococó! ¡Cómo no confiar en quien te atusa con un peine de carey!

Vivimos unos tiempos ridículos: la falta de peines de carey en las barberías lo demuestra. Por suerte, en lejanos rincones del mundo, aún hay barberos sin remilgos que se pliegan al placer del caparazón acariciante. El pelado transcurrió pues no sólo sin sobresaltos, sino en un placentero regreso a otros tiempos. Todo bien. Hasta que al terminar el barbero nipón me quitó los pelos de la cara con una brocha de esas que usan los pintores de gotelé para rematar los rincones y que luego te lo dejan todo el suelo lleno de gotas que no se quitan ni con un bidón de aguarrás. Al pasarme esa brocha por la cara fue como si un koala muy asustado viese en mi rostro la última posibilidad de salvación. Escribo esta declaración de amor y odio a mi barbero tokiota aún con el koala enganchado; posiblemente tardará varios días en sentirse seguro y soltar la presa. Sayonara Mr. Carey

 

La casa de los espíritus

(Una temporada en Japón 8)

Tita Michiyo tiene su casa llena de espíritus. No se dedica al noble arte de la uija, pero el día 13 de julio, en Japón, los espíritus de los muertos visitan las casas de los que nos hemos quedado. A tal efecto, las titas Michiyo de todo Japón tienen un tokonoma (altarcillo) en el saloncito ad hoc. Ella, en concreto, tiene unos pocos tokonomas, pues andan vagando espíritus de hermanas, hermanos, padres y supongo que abuelos ya disueltos en el éter y que no sé yo si encuentran el camino de vuelta. Los espíritus permanecen sólo hasta el día 15, es decir, que tienen dos días para revolver los cajones, abrir las puertas con estrépito y lamentarse del calor que hace en el más allá. Para que lleguen a su altarcito, donde se les ha provisto de comida y bebida, incluida una sandía (que son traducidos al capitalismo 20 eurazos de Japón) se va uno primero al cementerio -anexo al santuario sintoísta-, se le da un agua a las tumbas, se les ponen flores y se enciende un farol (véase foto de tita Michiyo y un servidor) que seguidamente se porta hasta casa para que los espíritus de los difuntos no se confundan de camino. En otras palabras, que esto es como la Santa Compaña de los gallegos, sólo que en este caso, entran en las casas.

Tokonoma con las fotos de los que el 13 de julio vuelven a por su piscolabis

En el tokonoma, tita Michiyo prepara con esmero la comida y una berenjena y un pepino. No se trata de recuerdos eróticos de tiempos pasados, son animales simbólicos que los traen y los llevan. El pepino, con cuatro patas fabricadas con cañas para que se sostenga, representa a un caballo, simbolizando que llegan a galope, con ganas de volver al mundo de los vivos. La berenjena, por contra, con sus otras cuatro patas, representa un buey, que será el que, lentamente pues no desean marcharse, les lleve de vuelta a su morada del más allá.

La sandía, alimento de los espíritus. Todo un yescal, un potosí.

Tita Michiyo lo prepara todo con esmero, siguiendo el libro de instrucciones, como tratando de de decir quizá que cuando ella falte nosotros hagamos lo mismo por ella, facilitándole con un pepino su vuelta a casa por unos días. Con ese pepino, tita Michiyo nos preparará en unos días una ensalada, acompañada de unas berenjenas con salsa de soja. Porque, por mucho cariño con el que nos esforcemos en recordar a los finados, al final, lo que nos queda es comernos aquello que los espíritus no han querido. Vivimos de las sobras, claro que, como decía una ilustre finada -mi madre- naciste lechón y morirás cochino; a lo que hay que añadir que, por muy bien que nos portemos, a cada cerdo le llega su San Martín. Menos mal que siempre habrá titas Michiyo para traernos brevemente de vuelta al proceloso mundo del más acá.

Tita Michiyo en plenos preparativos de retorno de los espíritus

Retorno de los espíritus, instrucciones de uso para el rezo del Rosario

La berenjena, un buey sin cabeza

 

Azafatas de Aeroflot

Vivo en tránsito. La mayoría de los aeropuertos se han transformado en bares de carreteras. Viajamos tan lejos que las compañías aéreas han extendido sus tentáculos hacia nosotros independientemente del lugar del mundo del que procedamos y al que vayamos. No es nuevo, ya Manolete al viajar a América hubo de embarcar al avión Constelation de la TWA en Lisboa, de donde nos han llegado sus fotos sonriente junto a Lupe Sino. Manolete, al que algún ignorante aún no reconoce como artista contemporáneo transgresor y además el mayor rebelde de los años oscuros de franquismo le dijo al responsable político de turno que se iba a América y que se llevaba a Lupe Sino, su novia sin pasar por el altar. Añadió que se lo decía para que lo supiese, no para que le diese permiso, y que se diese prisa en autorizar el pasaporte. El responsable franquista bajó la cabeza y asintió. En España, no mandaba Franco, mandaba Manolete, héroe de vencedores y de vencidos, mito rojo, azul y de los que no poseían color. En tránsito vivimos los que viajamos a ultramar en avión.

¿Cómo se explica que un viaje Madrid-Tokio me haga recalar en Moscú? Soñar con azafatas rusas de Aeroflot es uno de los castigos que lleva aparejados este mundo en el que los aeropuertos son zonas de tránsito hacia otro aeropuerto. Ninguna compañía quiere que le coman su parte del pastel del queroseno y todas te ofrecen llegar a Tokio. He viajado con Finnair haciendo escala en Helsinki, con Swiss en Zurich, Lufthansa en Frankfurt, Turkish en Estambul… En tránsito, con el pasaporte entre los dientes y en este caso con parada en Moscú. Cambio de azafatas. Las azafatas de Aeroflot están esculpidas en mármol helenístico. Es comprensible, tienen que hacer frente al poder del macho de las camisetas que venden en el aeropuerto de Moscú, al poder del Putin marinero, Putin agente especial, Putin cabalgando sobre un oso, Putin redentor. Vivir en tránsito, con un bolso de viaje con galletas y botellita de agua con dibujo de Spiderman. ¡Ah, si mi abuela Rogelia levantase la cabeza! Ella, para la que no había mayor jet lag que los 2 kilómetros que separan Villanueva del Duque de Alcaracejos.

Omotesando y el café más pequeño del mundo

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El dueño del Koffe Mameya, con su bata de tienda de ultramarinos y su bigotillo Sazatornil

 

(Una temporada en Japón 7)

Omotesando es posiblemente el barrio más interesante de Tokio. Y no lo digo porque el ambiente cool de la ciudad pase allí los fines de semana. A mí, lo de cool me deja más bien frío, aunque ciertamente pululan por las calles del barrio una diversidad de personajes realmente fascinantes. Omotesando está “puerta con puerta” que diría mi abuela Rogelia, con Harajuku, el barrio de las lolitas, más victorianas y sirvientas que góticas, dicho sea de paso. A toro de piedra está también el parque de Yoyogui, donde los últimos adoradores de Elvis plantan su radicasette y bailan coordinados, como bien japoneses que son. Pero Omotesando, que es una avenida en la que los edificios de grandes marcas internacionales pujan por la arquitectura y el arquitecto más mediático, tiene tras esa avenida, un barrio de casitas bajas, casitas caras, casitas de arquitecturas imposibles y atrevidas al que posiblemente ningún barrio del mundo le haga sombra. Y allí, las cafeterías y las tiendas de las modernidades, especialmente ropa y complementos, reinan sobre los heterogéneos visitantes.

Arquitacturas de Omotesando

Arquitacturas de Omotesando

Escondida entre sus callejuelas, imposible de encontrar sin astrolabio, donde apenas pasan coches, se encuentra la cafetería más pequeña del mundo. No dispone de mesas, ni sillas, ni taburetes, y el espacio destinado a los clientes apenas abarca un par de metros cuadrados. Hay un pequeño zaguán, un mundo entre lo interior y lo exterior, que sirve para que los clientes hagan cola, pues no pasan de cuatro personas las que pueden hacerlo en el interior hasta que son atendidos en la barra por el primer camarero, el mozo, podríamos llamarlo, atendiendo a que el otro, es el dueño. La barra puede que llegue a los dos metros y medio y tras ella se encuentran dos camareros uniformados de vendedor de tienda de ultramarinos. Teniendo en cuenta que, desde el punto de vista de Villanueva del Duque, estamos en ultramar, van que ni pintados. Conocí esta cafetería hace ya años, cuando estaba en este mismo lugar pero el edificio era otro y se llamaba ooo-koffee, aunque el espacio habitable, igual de reducido. Al dueño, el señor que aparece en la foto con pinta de chino de película de Gracita Morales (véase “Operación cabaretera”), le dio un barrunto, cerró el negocio de colas kilométricas y se marchó a Hong Kong. Sin embargo, en Toranomon Hills dejó una sucursal, más bien descafeinada, aunque el café fuese exquisito y fuerte como un italiano vestido de peplum. Digo descafeinado porque el espacio en el que está situado es una “mansion”, edificio de oficinas y residencias, que dispone restaurantes en alguna de sus plantas y la mencionada cafetería; evidentemente el espacio no da de sí como para una necesaria visita.

Edificio y entrada del Coffe Mameya

Edificio y entrada del Koffe Mameya

Ahora, sin embargo, el dueño que marchó a Hong Kong ha vuelto, se ha labrado en su lugar original en Omotesando un cuartillo modernísimo (cemento, madera) y japonísimo (limpio, sin decoración, vacío) y cultísimo (lugar de culto entre tokiotas y guiris que han oído hablar de asunto) y despacha a ritmo de tai chi cafés de diversa procedencia (desde Guatemala a Indonesia) con un denominador común: exquisito y en cualquier caso, servicio individualizado, que te hace sentir que no solo vale la pena el café, sino también la espera en la cola al estilo de la RDA, tiempo que se aprovecha para tomar fotos y admirar el trabajo fino y la dedicación. Si me preguntasen qué es la esencia japonesa, el dueño/camarero del café Mameya sería una respuesta muy válida. Si me preguntasen qué no debe uno dejar de hacer en Tokio respondería que tomar un café en este lugar de Omotesando que tanto se parece al espíritu que Sen Rikyu -el maestro de té de los shogunes Oda Nobunaga y Toyoto Hideyoshi- destiló cuando servía el preciado líquido sobre las hojas de té en un espacio cúbico al que se accedía por una puerta diminuta, obligando el shogún a agacharse para entrar en el, por otra parte, minúsculo habitáculo. Sin duda alguna, el nuevo café Mameya conserva el espíritu inicial que su dueño inició en el antiguo y el cubo, todo es un cubo aquí, es una metáfora de las líneas perfectas, como este lugar, al que solo le falta un reloj de arena.

El lujo del zaguán de la nada. Entrada al Koffe Mameya

El lujo del zaguán de la nada. Entrada al Koffe Mameya

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¿Qué más le puede pedir este señor a la vida?

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Rien ne va plus. Lo siento, estamos llenos

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Un cafelito en este rinconcito y lo demás se vuelve borroso

El dueño, a la izquierda, y su mozo

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La planta del zaguán, lo único que se resiste a las intersecciones y las hipotenusas en el cubo perfecto de la cafetería Mameya.

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El cafelito (elegí de Indonesia, especialmente fuerte) y el azuquita pa las tortas)

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Adjunto un mapa para que nadie me tome por un snob que se guarda para sí los grandes lugares de la humanidad.

https://www.yelp.com/map/koffee-mameya-%E6%B8%8B%E8%B0%B7%E5%8C%BA

Mis monjitas

(Los visigodos II)

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Viajar por la península de los conejos (hispania, conejo en fenicio) me lleva a visitar muchos conventos de monjas. No, nada tiene que ver la película de la caza del conejo de Saura, ni los conejos fenicios con las monjitas, juro por en pantócrator que la asociación debe ser inconsciente. El caso es que, será por dormir todas las noches a solas en grandes camas de hoteles o por el reblandecimiento de sesos que me producen mis visigodos (ya saben, yo ejerzo de mamporrero cultural del turisteo germanoparlante), las monjitas me sirven de consuelo. Cuando acudo a una ciudad, de la que ya lo he visto todo, desde la cripta de San Isidoro de León hasta las cloacas romanas de Astorga, busco con deleite los conventos de monjas. Allí voy con objetivos poco espúreos, bien lo sabe todo niño de pecho o teta, aunque más de uno piense en una soterrada historia de amor entre rejas y tornos que giran sin cesar. Yo soy un alma de cántaro, lo juro, tanto que cuando paso en bus junto a un puticlub de carretera le entran ganas de publicar un libro titulado “Arquitectura de puticlubs”, con sus grandes fotos de las fachadas, de sus neones aún sin encender y de sus evocadores nombres como “Dulcinea” o “Fruta prohibida”. Lo dicho, solo me interesa de los puticlubs la arquitectura, y de los conventos de monjas su fruta prohibida: los dulces.

Los dulces de mis monjitas son la ambrosía de los dioses para mí. Conozco todas las monjas de este endiablado país por su sabor. Lo juro por el señor Jesucristo y por el musgo santo del templo/santuario sintoísta de Kinkakuji en Kioto. Ah, el sabor de las monjas, siempre igual y siempre distinto. A veces impúdico, mostrando su hábito, ofreciéndome las cajas de dulces, a la vista, con su cajita fuerte de ferretería de barrio con su llavecita, como la llavecita del tesoro de la virginidad. Otras, muestran oculto su sabor, detrás de un torno y un timbrecito que suena en el más allá. Entonces se acercan los pasos eternos de la monjita y te dice ave maría purísima, y yo, sin ver su rostro, me imagino que es doña Inés y le susurro por Zorrilla un sinpecadoconcebida. Nuestras miradas atraviesan entonces el torno, la madera que huele a incienso y a cambio de unas pesetas modernas con la cara de Frau Merkel el torno me devuelve la fragancia infinita de las púdicas manos que amasaron almendras, azúcar y clara de huevo para mi paladar. En una ocasión, una monja de clausura de las carmelitas descalzas de Ronda entreabrió secretamente la puerta del infierno desde el lado del cielo por la curiosidad que le produjo que yo le dijese que en realidad era budista. Desde su esquinita del fin del mundo me sonrió con su único diente como el colmillo de la ballena blanca, me miró dulcemente a los ojos y me dijo: sí, tienes cara de budista. Ese día dormí levitando una cuarta por encima de las sábanas de mi hotel.

Sí, lo confieso, las amo a todas, a las dominicas de Salamanca y sus amarguillos, a todas sin excepción en los numerosos conventos toledanos, a las del convento de San Pablo en Cáceres, especialmente por sus perrunas, a las carmelitas de Ronda y sus sultanas… Podría escribir un tratado sobre los sabores de las monjas españolas, aderezado por informes arquitectónicos de sus claustros (¡¡no tarden en visitar el maravilloso de las dominicas de Salamanca, obra de Gil de Hontañón, Convento de las Dueñas!!) y confesar que me muero por sus huesos de santas, por su yema tostada de Ávila…

Podría, pero yo soy un caballero, y callo lo que debo, pues en el silencio -monjil- reside el arte de la prudencia. Pero quizá un día me salte la regla y hable, y lo cuente todo. Pero no, mejor no, porque ese día, seguro que dejarían de aparecer esas agolosinadas  monjitas con sus cajitas de dulces en la mano, escapando del Lucifer donut industrial, para hacerme la vida nocturna en las habitaciones de los hoteles más llevadera. Y seguro que, como demuestro en la foto, no se presentarían transparentes, vaporosas, iluminadas por la fe en el horno celestial, fantasmalmente acarameladas. Sí, mis monjitas, yo, ateo budista-sintoísta y marxiano por parte de Groucho, os amo mansamente como un corderito de tímpano de vuestros claustros mudéjares.

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Monjitas etéreas que se desvanecen al soplar