Mis tribulaciones con el doctor Sakura

IMG_20191210_100348.jpg

Como suele sucederme que cada vez que una leve brisa invernal lame mi enjuto y ascético esqueleto, los temblores recorren mi cuerpo, los músculos desfallecen, los huesos rechinan y los seis tornillos que un mal día de fútbol me dejó de recuerdo en el tobillo gimen cuál plañideras medievales. Suele coincidir que me encuentro en ultramar, en ese Tokio donde 25 millones de almas agachan la cabeza para no contagiarse de algo, incluso puede pensarse que algunos piensan que con una simple mirada el contagio de alguna malura está garantizado. Cuando el mal ya azota mi cuerpo por varios días, no me queda más que encaminarme a visitar alguna clínica, que como en Japón existe una especie de copago, son privadas y usted escoge cuál visitar. He visitado muchas, y en todas ha habido algo que contar, y en este mismo blog ya hay un episodio narrado de un gran resfriado y una clínica en el barrio de Akabane. Como ahora vivo en Sugamo, apodado el barrio de las abuelas por existir una calle comercial pensando exclusivamente en ellas (¡qué batas! ¡Qué chaquetas estampadas!), la clínica más cercana era la del señor Sakura. No tenía fuerzas para buscar otra y además, con ese nombre, Sakura, que significa cerezo, quién iba a sospechar la tragedia que se me venía encima.

Al llegar a la clínica tres diligentes enfermeras/asistentas me hicieron rellenar un papelito con todos los síntomas que me acuciaban. Mientras tanto mostraron, para quien no supiese cómo funciona este país, la idiosincrasia nipona: mi nombre no les cabía completo en el ordenador, o en la plantilla que a tal efecto tenía el aparato, así que, en lugar de ahorrarse el segundo apellido, o el nombre, como hubiese hecho cualquier enfermera española, se les ocurrió llamar por teléfono al técnico supuestamente al cargo del asunto. La burocracia, damas y caballeros, no es asunto baladí por estos lares, y yo, humildemente, he provocado la ruptura de la apacible vida de asistentas y encargados de informática de la clínica del doctor Sakura. Que hubiese más interés en recomponer el software del ordenador que en mis debilidades físicas me debería haber hecho sospechar de la clínica del doctor Sakura, pero yo, que soy un bendito, y, dicho sea de paso, estaba para que me recogieran con una cucharilla de las que utiliza Isabel II para el té de las 5, no estaba para oponerme al transcurso del destino.

Finalmente, me hicieron pasar a ver al doctor Sakura. El venerable doctor me hizo alguna pregunta de las que ya había contestado en el formulario y, como suele ser habitual aquí, se dispuso a realizarme unas pruebas para ver si tenía Influenza (gripe A) o algún sucedáneo. Primero me metió un palillo de los oídos en la boca para impregnarlo de saliva. Después, el muy sibilino, me introdujo en la nariz un bastoncito plano, muy fino y muy largo, de papel, despacito, despacito, hasta que el bastoncito me llegó hasta el ojo, porque si no, no entiendo yo a qué se me salían dos lagrimones como dos sopas de salmorejo. Diez minutos había que esperar al resultado de las pruebas, me dijo. Volví a la sala de espera mientras las asistentas seguían con el teléfono y con el informático, pobre hombre que, según me contaron días después, se hizo el seppuku (harakiri), incapaz de introducir mi nombre entero en el ordenador. A los diez minutos el doctor Sakura me introdujo de nuevo en su sala de torturas. Enseñándome los resultados, una especie de predictor con dos líneas azules, me dijo que no tenía Influenza, que era un simple resfriado. ¿Un simple resfriado con 39,2 de fiebre? Nada, nada, un resfriado. Mis temores a que el doctor Sakura era en realidad el informático disfrazado con una bata se confirmaron cuando me dijo que qué tipo de medicinas quería. ¿Cómo? Sí, que si quería la medicina china, la occidental o antibióticos. A mí aquello me sonó como al homeópata que recetó unas pastillas a au paciente y éste le preguntó -¿y para qué sirven estas pastillas? -¿Usted para qué quiere que le sirvan?- fue la respuesta del homeópata. Lo de los antibióticos a elección del paciente no lo había oído nunca, pero el caso es que ya en septiembre tuve que recurrir a antibióticos por una bacteria intrusa en otra resfriado, así que le dije que me diese el resto de las medicinas, todas menos los antibióticos.

Salí de allí con una bolsa de medicinas -la mayoría de las que recetan te las venden en la misma clínica- y pensando que el doctor Sakura había perdido una cualidad médica fundamental: la intuición. Por mucho que la maquinita dijese que no tenía Influenza, un simple resfriado no era, eso lo sabía yo, Agamenón y su porquero. En cualquier caso, me dije, me voy a casa a meterme bajo una manta y a tomarme la medicina china, unos granulados que se echan en la boca y se tragan con agua y que por el sabor creo que el ingrediente principal consiste en caparazón de tortuga y picha de caimán.

Dos días completos estuve con la medicina china y el resto de pastillas recetadas por el malvado doctor Sakura, Fu Manchú venido a menos en un barrio de abuelas. Alimentándome de gelatina, con el cuerpo dolorido como los que acompañaban a Charlton Heston en las galeras romanas en Ben-Hur, con un dolor de cabeza espeluznante y con unos pollos que al salir, ahorraré al lector el color, se parecían al Alien de Ridley Scott antes de comenzar a zamparse gente. La Parca se mecía sobre mi futón cantándome Campana sobre campana y sobre campana una. Con mis últimas fuerzas busqué una nueva clínica que al menos salvase mi alma, pues mi cuerpo ya había sido hipotecado por el doctor Sakura. Acabé en la clínica del doctor Murayama. Ya al entrar intuí que aquel hombre podía salvarme pues en las paredes de la clínica había grandes fotografías de luchadores de sumo. Si este hombre es capaz de curar los males que aquejen a aquellos gigantescos gordos, con un enclenque de Villanueva del Duque no debe tener mucho problema. Le conté al doctor Murayama mis cuitas, y cómo había sido descartada la Influenza. Pero, ah, el doctor Murayama aún conserva la intuición y pensó que mis dolores, fiebres y esputos dantescos debían ser de algo más que un resfriado. Tras rascarse la cabeza, me dijo, vamos a volver a hacer la prueba de Influenza. Nuevamente me metió el finísimo bastoncito por la nariz hasta que se me saltaron los dos lagrimones por el ojo izquierdo. Diez minutos después llegó el resultado: Influenza. Total, gripe, algo que una madre española hubiese visto en su niño a la media hora de los síntomas, pero como soy huérfano, he necesitado dos clínicas japonesas para confirmarlo.

Las nuevas medicinas recetadas por el doctor Murayama me mantienen levemente con vida, me ha bajado la fiebre, y hoy he logrado acercarme al ordenador para escribir este testimonio por si mis herederos considerasen pertinente una demanda al doctor Sakura. Pero como no hay mal que por bien no venga, hoy mismo me han pedido de Alemania unas fotos para la promoción de la edición alemana de la novela gráfica El ángel Dadá, que saldrá allí en primavera. La mejor que tenía es la que aparece arriba, espero que les sirva.

¿Y cómo es eso de tener Influenza? Físicamente es como si el equipo de rugby de Nueva Zelanda te hubiese pasado por encima. Mentalmente es como si Alejandro Sanz se hubiese metido en tu cama y te cantase al oído la misma canción día y noche, noche y día. Prefiero lo de Nueva Zelanda.

Vermeer tokiota en hora punta

dig

Son las ventajas de vivir en Tokio, que periódicamente viene a visitarte los grandes maestros. Los inconvenientes, como diría mi madre, son que hay más gente que en la guerra. Coinciden ahora Rubens y Vermeer, y está Van Gogh al caer. Me he ido a ver al señor de Delft, del que se exponen 8 lienzos, lo que supone el 25 % de su obra total, junto a otros maestros de la pintura de las barrocas Provincias Unidas, caso de Pieter de Hooch y el muy desconocido pero deslumbrante Gabriel Metsu (Mujer leyendo una carta y Hombre escribiendo una carta están aquí).

Para ir a ver la exposición hay que comprar la entrada para una hora determinada. A las 11 menos cuarto esperaba ya en el museo Ue no Mori, en el parque de Ueno en la cola. Lo bueno de las colas en Japón es que nadie dice eso de “¡cuánta gente!”, afirmación filosófica que excluye al exclamador del género “gente” y lo sitúa a un nivel etéreo de difícil taxonomía. Por otro lado, hay quien va a ver las exposiciones en kimono -Vermeer sin duda se lo merece-, y lo digo aquí con la boca pequeña, no vaya a ser que la gente se vista de mañico en España para ir a ver a Goya y el Prado se convierta en despedida de solteros/as son chupitos. Lo malo en este caso era esperar bajo los árboles de otoño, repletos de cuervos en las ramas eligiendo a quien de la cola le iban a poner el traje de cagarruta como para ver una exposición de Andy Warhol en lugar de maestros barrocos holandeses.

A las 11 en punto nos dejaron entrar a los que teníamos reserva a esa hora. Y una vez dentro, lo que había allí, además de 8 Vermeers y 41 obras neerlandesas más, era una masa de gente que asemejaba la estación central de Shinjuku a hora punta. Aquello era Cuando ruge la marabunta (The naked jungle) sin Charlton Heston, un Boca-River pero con educación y sin navajas, la caseta del ayuntamiento de la feria de Córdoba el sábado actuando Medina Azahara, en definitiva, un hágase un hueco para ver a Vermeer con una aguja de calceta.

sdr

Ahora bien, las dificultades de acumularse hasta 5 líneas de visitantes contemplando a todo lo ancho un cuadro de Vermeer son menores en Japón porque la mayoría de los visitantes son japonesas de viejo cuño, diminutas, a las que un ibérico de talla antigua como yo supera en una cabeza, por lo que desde la tercera fila puedo mirar como si además de Fernando me apellidase Romay. A pesar de ello, y no por falta de espacio en el museo, sino por exceso de sapiens, allí estábamos todos para cualquier cosa menos para “admirar detenidamente” a Vermeer, más bien para vivir la experiencia de una anchoa en lata. Y para colmo la cuerdecita que nos separaba de los cuadros era de metro y medio de distancia a la pared, que parece poco, pero que es un abismo insondable cuando hay que admirar detenidamente Mujer con sombrero rojo. Y he aquí la crítica despiadada que se merece Vermeer: ¿a quién se le ocurre pintar lienzos tan chicos? ¡Pero si Mujer con sombrero rojo no tiene más de una cuarta de alto! ¿Acaso nunca pensó ese buen hombre que en el siglo XIX lo iban a reivindicar como un genio y que la cosa sigue así? ¿Acaso no sabía que los japoneses, por muchos que sean, también tienen derecho a admirar detenidamente su obra? Estimado señor Vermeer, pintor atmosférico, utilizador de la cámara obscura para alcanzar la perfección y la rara perspectiva de tus obras, sí, estimado pintor que acabaste jartito de deudas, no te he podido contemplar in situ con el detenimiento requerido, pero, aún así, con el aliento de 1.700 abuelas japonesas en mi sobaco, no me queda más remedio que decirte que eres muy bueno, so jodío.

Como post data, recomiendo la lectura del libro El ojo del observado. Johannes Vermeer, Antoni Leeuwenhoek y la reinvención de la mirada, obra de Laura J. Snyder, donde nos cuentan historias de invenciones de microscopios y líneas de óleos difuminadas por mor de la utilización de la cámara obscura. Lo leí casualmente a inicios de año, y mira tú como por exorcismo ha venido a mí uno de los protagonistas.

Tres tunos y un cuervo en Tokio

dav

¿Chilindoro o chicken Ahijo? Como todos los noviembres, en Tokio se celebra la Fiesta España, una especie de verbena de los horrores de lo español. Otra manera de verlo es decir que se trata de una especie de acercamiento a lo español para que los tokiotas se animen a visitar nuestro país. Una ajustada definición podría ser la de batiburrillo de imposible clasificación y atentado contra la la gastronomía hispana, a la par que mina de oro para Valle-Inclán. De la verbena española de Tokio he salido este año con demasiadas cuestiones por responder. Vayamos a ellas:

  1. ¿Desde cuándo los cuervos de Tokio comen paella? He aquí las nefastas consecuencias de servir paella en un plastiquillo y comérsela con tenedor de plástico, que se caen los granos al suelo y los cuervos acechan como comparsas de película hitchkoniana. Los cuervos son valientes, intimidan, se llevan la mitad de la paella, ¡es que graznan y son muy grandes, es lógico temerles y dársela motu propio!

 

IMG_20181117_134151.jpg

2 ¿Chilindoro o chicken Ahijo? Difícil elección, sobre todo cuando en el puesto de al lado sirven una paella de excelente presencia pero arroz duro como el hueso de un neandertal. El chilindoro, todos los sabemos, lleva la tilde cambiada y le sobre una o, pero en el sol naciente llevan muy mal dejar la erre campar a sus anchas junto a una d, que ya son ganas de complicarle la vida a los que no distinguen una r de una l. Por otro lado, el chicken Ahijo es plato típicamente ibérico desde tiempo inmemorial. Mi abuela lo preparaba estupendamente, claro que llamándose Rogelia y siendo de Villanueva del Duque eso no suponía un mérito. El mérito es pronunciar Ahijo con acento de la zona de Kantoo, que es la región donde mora Tokio. Ya lo decía Victoria Beckham, Tokio huele a Ahijo.

dig

3 ¿Tres tunos como representantes de la esencia musical española? Debe decirse que la función de los tunos comenzó con el porromponpón de Manolo Escobar. ¿Es esta realmente la letra del himno español? ¿Son los tres tunos nuestros Beyoncé cuando canta el himno americano? ¿Venden los tunos en Tokio casetes de sus atentados faríngeos que se rebobinan con un boli bic? ¿Hasta dónde llegarán los tunos maduritos que hemos repartido por el mundo? ¿Hasta cuando Catilina abusarás de nuestra paciencia?

 

IMG_20181117_125327.jpg4 ¿Churros a la japoné? Los churros a la japoné van de azúcar como los que escuchaban a Chimo Bayo iban del mismo color en la nariz de los ochenta preRitaBarberá. Al día siguiente, la resaca azucarada es digna de bacalear. Los churros se acompañan en ultramar con una Estrella Galicia bien fría en una mano y un chocolate caliente en la otra.

Demasiados enigmas para una Fiesta España en la que este año ha faltado el ecce homo de Borja, tan presente en años anteriores, tan explicativo de lo que realmente es España.

Terremoto para niños en Tokio

dig

Andaba yo en mi terracita con un café de cafetera de abuela y una tostada con mermelada que me había traído de la España cuando aparece por el parque un camioncillo-furgoneta con un lateral abierto. Al principio creí que era de apoyo a los vagabundos que viven en el parque, pero me extrañó porque en el parque han dejado de dormir los vagabundos, seguramente “arrecogíos” por los servicios sociales y llevados a algún lugar menos visible. Del camión se bajó un diligente operario y una diligente operaria. Desplegaron una lona azul en el suelo, pusieron dos escalerillas para poder acceder al interior del camión, y colocaron en las ruedas unos tacos de madera para evitar que se desplazase -tal y como se hacía en Villanueva del Duque con los coches en los 70-. No pudiendo soportar la curiosidad, bajé raudo y veloz en busca de respuestas.

Aparecieron de inmediato un grupo de niños de preescolar, con sus gorritas de color verde un grupo y amarillo el otro grupo. Tomaron asiento sobre la lona, muy formal y educadamente -véase a los aficionados japoneses recogiendo los desperdicios de los estadios de fútbol rusos que o bien ellos o otros, que se creen el señorito Iván, han generado-. Tras unas breves palabras de la monitora, cuatro niños subieron al camión. Y ahí comenzó el vaivén, puesto que se trataba de un camión que simula los temblores de un terremoto. Los niños, al entrar al camión, bien aleccionados, se metieron bajo una mesa y se agarraron cada uno a una de las patas, por lo que intuí que en caso de terremoto con cinco niños por mesa, se espera una pérdida de un 20 %, nada comparado con los niños que se llevaba la meningitis al otro barrio hace no tanto. Una vez asidos a las patas de la mesa, comenzó el interior del camión a temblar y moverse, con lámpara y armario haciendo el baile de San Vito y pantalla de contador digital marcando la intensidad del terremoto: 4, 4,5, 5, 5,5, 6…

Una vez más quedé perplejo ante la organización japonesa. ¡Qué previsión! ¡Qué entrenamiento para todo! ¡Ojalá en España se hiciesen las cosas así de bien! Caí entonces en la cuenta de que en la España las cosas no se hacen así, pero se hacen de otro modo. Porque en la España a los niños de preescolar se les lleva a la feria, se les sube al látigo, se les deja que vomiten sobre el tío o la tía, se les da churros aceitosos para que se les pase el mareo, se les sube después a los coches de tope, donde, como me ocurrió a mí a esa edad, se golpean contra el volante y pierden un par de dientes, saliendo sangrantes del traicionero vehículo, para ponerles como remedio al mal un pañuelo empapado en vinagre en las encías con el fin de cortar la hemorragia y se les acaba soltando de mala manera encima de una silla para que duerman exhaustos mientras los progenitores o tíos y tías solteras se beben un último licor 43 con batido de chocolate, que en África se llama lubumba.

Pero, producto del amor hispano a los niños, al día siguiente, tras llevar al dentista a que le saque con unas tenazas los dientes colgantes a ese niño de feria, se les compra un balón nuevo para que en su condición de niños/as mellados, reciban sin miedo un pelotazo en la cara que nada tenga que envidiar al terremoto de Lisboa de 1755 o al de Japón de 2011. Un balón, que acaba pinchado en los cuernos de la vaca que han soltado por el pueblo el día del santo patrón y que suele medir de cuerno a cuerno los dos metros y medio. Es entonces cuando, con la nariz sangrante por culpa del balón o de la vaca que revolcó a su padre o tío, que tuvo la ocurrencia de subir a su niño a los hombros para torear a la vaca, reciben el premio final: un tirachinas con el que las lagartijas no van a sentirse seguras hasta que ese niño se rompa por fin una pierna, pescando ranas junto a uno de sus tíos borrachos en una charca cerca del pueblo, y tenga que guardar cama dos días con sus noches. ¿Preparación para los terremotos en la España? ¡Amigo, en la piel de toro siempre hemos vivido sobre un sismo avolcanado y no han hecho falta lonitas de plástico para no ensuciarnos los pantaloncitos al sentarnos en el suelo!

Una visita al dentista japonés

Cuando el dentista japonés sacó una pistola idéntica a la que Flash Gordon utilizaba para defenderse de Ming el Despiadado, empecé a preocuparme.

La pistola del dentista

Cuando el dentista japonés sacó una pistola idéntica a la que Flash Gordon utilizaba para defenderse de Ming el Despiadado, empecé a preocuparme. Un dentista japonés habla a borbotones y dispara más rápido que su sombra, por lo que es una mezcla de Lucky Luke y mi tío Florencio. Pude entender que me iba a inyectar una especie de anestesia para que no me doliese tanto lo que me iba a hacer. ¡Pero si yo no tengo nada, si sólo he venido a una limpieza general! Negocie usted con los hijos de Mishima si se siente con valor. Yo me dejé hacer, así que tras embadurnarme las encías con un algodón mojado en vaya usted a saber qué, sacó la pistola de Flash Gordon -idéntica a como la dibujó el gran Alex Raymond- y me inyectó las encías con rayos láser. De inmediato se me fue adormeciendo la parte derecha de mi boca. Hasta tres veces repitió la operación el malvado Denti-Hito. Con la última, el efecto adormecedor me llegó hasta el ojo derecho y lágrimas inoportunas amenazaban escaparse como aquella tarde de adolescente en el cine, cuando en la escena final, E. T. le decía a Drew Barrymore (antes de que se desnudase para el Playboy años después) aquello de “sed buenos”. El ojo temblaba por controlarse, pero la boca ya había caído en un estado lamentable. No sólo no sentía nada, sino que me parecía que se me había ladeado mi sonrisa y se había caído la parte mandibular derecha; me acordé de cuando la rana Gustavo de los teleñecos ponía un gesto torcido, producido por la mano que llevaba dentro, que inclinaba los dedos hacia un lado, por debajo del pulgar. Ese era el aspecto que debía tener mi boca. Una vez en esa situación, es tontería creer que este mundo es maravilloso. Ya lo repetía Shopenhauer continuamente a todo aquel que lo visitaba en su casa de la calle Schöne Aussicht: “Vivimos en el peor de los mundos posibles”. En parte, Shopenhauer se contradecía puesto que también llegó a escribir que si hoy está la cosa mala, mañana estará peor. Efectivamente, porque el dentista japonés me ha programado para los dos próximos meses cinco, sí, han leído bien, cinco visitas más. Me han regalado, eso sí, una cartilla pistola Flash Gordon donde puedo anotar las cruces, las muescas en lenguaje de Clint Eastwood y Lee Van Cleef. Ya he preguntado en Iberia si puedo adelantar el vuelo de regreso a España, pero al parecer no sin completar la cartilla de pistola láser. Aquí en Japón el orden es absoluto, perfecto, circular, ajeno al albedrío. El peor de los mundos posibles. En realidad, la única opción de libre albedrío en la visita a un dentista japonés es decidir si mientras te raspa los dientes con herramientas de inquisidor, y que suenan como cuando barres los vasos rotos de la fiesta fin de año en tu casa, miras al foco cenital que ilumina tu sonrisa de media rana, a los ojos del dentista o a las de la muchacha que le ayuda en la tortura amarilla. Siempre se prefiere la muchacha, aunque de reojo podía yo divisar desde la ventana el vuelo de los cuervos, esos pajarracos que gobiernan desde el aire, ese lugar bajo el espacio sideral en el que Flash Gordon y Ming el Despiadado dirimen sus diferencias bajo la atenta mirada de los pacientes de las clínicas dentales, esos lugares donde reina el cloroformo.

La clínica Akiyama (Montaña de otoño), embajada del planeta Mongo en Tokio

 

Corte a tijera en una barbería de Tokio

(Una temporada en Japón 9)

Uno tiene estas cosas, que sin poder decir en japonés no me corte usted nada más que las puntas, se mete en una barbería de Tokio a que, como diría mi madre, lo dejen a uno “presentable”. El problema de mis pseudorizos es que cuando cogen una largura determinada no se sabe si son olas como las de Butragueño o el pelo de Ángela Chaning. Esos días son terribles porque hay que decidirse entre pelarse o buscar remedio con ceras, gominas -en los 80- o cualquier remedio que la etiqueta nos prometa un rizo perfecto. Desde hace algunos años, para evitar casarme con el mayordomo de Falcon Crest, entro en una barbería a solucionar el dilema.

En una ocasión me pilló el dilema en Saigón y el resultado fue una visitade surrealista a una barbería vietnamita a la que sólo le faltó el final feliz, y que incluyó rasurado de pelo de orejas. Para el interesado en aquella aventura remito a la entrada correspondiente en este blog; yo, no quiero ni acordarme.

En esta ocasión el dilema me surgió en Tokio. Me quedan días para estar en Oporto, pero ¿quién puede resistirse a la llamada de la Sirena de esas barberías de Tokio con su giroscopio hipnótico rojo, blanco y azul. Yo no soy Ulises, así que la llamada de las sirenas barberas fue irresistible. Cuando iba a abrir la puerta de la barbería, el peluquero, solícito, corrió a abrírmela desde dentro, a pesar de estar en medio del corte a una cabeza de un japonés, una de esas cabezas que si fueran garbanzo había que remojarlas en una plaza de toros y que tanto están de moda en la genética nipona. Por otro lado, este barbero debía contar en el momento de abrir la puerta los 80 o 120 años, un arco que parece exagerado pero los japoneses, sin arrugas apenas, sin ojeras, y en este caso sin pelo, échele usted un galgo para saber su edad.

Mientras esperaba acabó con el cabezón y siguió su labor con otro cliente, a la sazón algunos años mayor que él, pero con más pelo. Mientras lo pelaba pude ver por el espejo la cara concentrada del barbero en su labor. Hay barberos que fruncen el ceño cuando cogen las tijeras; éste era de los que arquean las cejas, con el agravante de que no le formaban arcos sino algo así como un acento circunflejo interrumpido en la cúspide. Su boca, permítaseme su descripción detallada, variaba a medida que avanzaba en el corte. En un principio, introducía su labio inferior levemente bajo el superior, pero a medida que realizaba su trabajo, el labio superior iba desapareciendo como una liebre perseguida por un cazador de los Pedroches. Al mismo tiempo, ese labio inferior, que apenas era un rayón con con lápiz HB cuando comenzó, se iba ensanchando como las boquitas de unas amigas de despedida de soltera haciéndose un selfie. El resultado final de su rostro -acento circunflejo, labio inferior de autorretrato ridículo- le asemejaba a la abuela de la película de dibujos animados Totoro.

Llegó mi turno y comenzó el debate de qué corte de pelo quería. Como ya expliqué antes, mi idioma japonés avanza, pero a veces no es fácil explicarse. Eso es como el profesor de física nos preguntaba en segundo de BUP por algo y respondíamos: “Si yo lo sé, pero no sé explicarlo”. Gran falacia. Llegados a un acuerdo -más cortito por detrás, más largo el flequillo-, se puso manos a la obra. Debo decir que con toda seguridad en su siglo de vida, este señor era la primera vez que pelaba a un pelo medio rizado de gaijin (extranjero) de nariz larga. Y debo decir que cuando un barbero tiene 10, sí, diez, tijeras frente a ti y las usa todas, absolutamente todas, es que te ha cogido cariño y se va a esmerar. Y a pesar del miedo que me produjo que un japonés que ha sobrevivido a la guerra de los gaijin, y la misma mañana que el gordito Kim Jung Un ha lanzado un misil que ha sobrevolado Japón, tuviese tan cerca de mi cuello la cuchilla de rasurar, a pesar de ello, digo, todo se disipó cuando mi querido barbero senil comenzó a utilizar su peine de carey. ¡Ah, el carey! ¡Qué tiempos en que las folclóricas llevaban ese trozo de tortuga coronando sus peinados Rococó! ¡Cómo no confiar en quien te atusa con un peine de carey!

Vivimos unos tiempos ridículos: la falta de peines de carey en las barberías lo demuestra. Por suerte, en lejanos rincones del mundo, aún hay barberos sin remilgos que se pliegan al placer del caparazón acariciante. El pelado transcurrió pues no sólo sin sobresaltos, sino en un placentero regreso a otros tiempos. Todo bien. Hasta que al terminar el barbero nipón me quitó los pelos de la cara con una brocha de esas que usan los pintores de gotelé para rematar los rincones y que luego te lo dejan todo el suelo lleno de gotas que no se quitan ni con un bidón de aguarrás. Al pasarme esa brocha por la cara fue como si un koala muy asustado viese en mi rostro la última posibilidad de salvación. Escribo esta declaración de amor y odio a mi barbero tokiota aún con el koala enganchado; posiblemente tardará varios días en sentirse seguro y soltar la presa. Sayonara Mr. Carey

 

La casa de los espíritus

(Una temporada en Japón 8)

Tita Michiyo tiene su casa llena de espíritus. No se dedica al noble arte de la uija, pero el día 13 de julio, en Japón, los espíritus de los muertos visitan las casas de los que nos hemos quedado. A tal efecto, las titas Michiyo de todo Japón tienen un tokonoma (altarcillo) en el saloncito ad hoc. Ella, en concreto, tiene unos pocos tokonomas, pues andan vagando espíritus de hermanas, hermanos, padres y supongo que abuelos ya disueltos en el éter y que no sé yo si encuentran el camino de vuelta. Los espíritus permanecen sólo hasta el día 15, es decir, que tienen dos días para revolver los cajones, abrir las puertas con estrépito y lamentarse del calor que hace en el más allá. Para que lleguen a su altarcito, donde se les ha provisto de comida y bebida, incluida una sandía (que son traducidos al capitalismo 20 eurazos de Japón) se va uno primero al cementerio -anexo al santuario sintoísta-, se le da un agua a las tumbas, se les ponen flores y se enciende un farol (véase foto de tita Michiyo y un servidor) que seguidamente se porta hasta casa para que los espíritus de los difuntos no se confundan de camino. En otras palabras, que esto es como la Santa Compaña de los gallegos, sólo que en este caso, entran en las casas.

Tokonoma con las fotos de los que el 13 de julio vuelven a por su piscolabis

En el tokonoma, tita Michiyo prepara con esmero la comida y una berenjena y un pepino. No se trata de recuerdos eróticos de tiempos pasados, son animales simbólicos que los traen y los llevan. El pepino, con cuatro patas fabricadas con cañas para que se sostenga, representa a un caballo, simbolizando que llegan a galope, con ganas de volver al mundo de los vivos. La berenjena, por contra, con sus otras cuatro patas, representa un buey, que será el que, lentamente pues no desean marcharse, les lleve de vuelta a su morada del más allá.

La sandía, alimento de los espíritus. Todo un yescal, un potosí.

Tita Michiyo lo prepara todo con esmero, siguiendo el libro de instrucciones, como tratando de de decir quizá que cuando ella falte nosotros hagamos lo mismo por ella, facilitándole con un pepino su vuelta a casa por unos días. Con ese pepino, tita Michiyo nos preparará en unos días una ensalada, acompañada de unas berenjenas con salsa de soja. Porque, por mucho cariño con el que nos esforcemos en recordar a los finados, al final, lo que nos queda es comernos aquello que los espíritus no han querido. Vivimos de las sobras, claro que, como decía una ilustre finada -mi madre- naciste lechón y morirás cochino; a lo que hay que añadir que, por muy bien que nos portemos, a cada cerdo le llega su San Martín. Menos mal que siempre habrá titas Michiyo para traernos brevemente de vuelta al proceloso mundo del más acá.

Tita Michiyo en plenos preparativos de retorno de los espíritus

Retorno de los espíritus, instrucciones de uso para el rezo del Rosario

La berenjena, un buey sin cabeza