Omotesando y el café más pequeño del mundo

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El dueño del Koffe Mameya, con su bata de tienda de ultramarinos y su bigotillo Sazatornil

 

(Una temporada en Japón 7)

Omotesando es posiblemente el barrio más interesante de Tokio. Y no lo digo porque el ambiente cool de la ciudad pase allí los fines de semana. A mí, lo de cool me deja más bien frío, aunque ciertamente pululan por las calles del barrio una diversidad de personajes realmente fascinantes. Omotesando está “puerta con puerta” que diría mi abuela Rogelia, con Harajuku, el barrio de las lolitas, más victorianas y sirvientas que góticas, dicho sea de paso. A toro de piedra está también el parque de Yoyogui, donde los últimos adoradores de Elvis plantan su radicasette y bailan coordinados, como bien japoneses que son. Pero Omotesando, que es una avenida en la que los edificios de grandes marcas internacionales pujan por la arquitectura y el arquitecto más mediático, tiene tras esa avenida, un barrio de casitas bajas, casitas caras, casitas de arquitecturas imposibles y atrevidas al que posiblemente ningún barrio del mundo le haga sombra. Y allí, las cafeterías y las tiendas de las modernidades, especialmente ropa y complementos, reinan sobre los heterogéneos visitantes.

Arquitacturas de Omotesando

Arquitacturas de Omotesando

Escondida entre sus callejuelas, imposible de encontrar sin astrolabio, donde apenas pasan coches, se encuentra la cafetería más pequeña del mundo. No dispone de mesas, ni sillas, ni taburetes, y el espacio destinado a los clientes apenas abarca un par de metros cuadrados. Hay un pequeño zaguán, un mundo entre lo interior y lo exterior, que sirve para que los clientes hagan cola, pues no pasan de cuatro personas las que pueden hacerlo en el interior hasta que son atendidos en la barra por el primer camarero, el mozo, podríamos llamarlo, atendiendo a que el otro, es el dueño. La barra puede que llegue a los dos metros y medio y tras ella se encuentran dos camareros uniformados de vendedor de tienda de ultramarinos. Teniendo en cuenta que, desde el punto de vista de Villanueva del Duque, estamos en ultramar, van que ni pintados. Conocí esta cafetería hace ya años, cuando estaba en este mismo lugar pero el edificio era otro y se llamaba ooo-koffee, aunque el espacio habitable, igual de reducido. Al dueño, el señor que aparece en la foto con pinta de chino de película de Gracita Morales (véase “Operación cabaretera”), le dio un barrunto, cerró el negocio de colas kilométricas y se marchó a Hong Kong. Sin embargo, en Toranomon Hills dejó una sucursal, más bien descafeinada, aunque el café fuese exquisito y fuerte como un italiano vestido de peplum. Digo descafeinado porque el espacio en el que está situado es una “mansion”, edificio de oficinas y residencias, que dispone restaurantes en alguna de sus plantas y la mencionada cafetería; evidentemente el espacio no da de sí como para una necesaria visita.

Edificio y entrada del Coffe Mameya

Edificio y entrada del Koffe Mameya

Ahora, sin embargo, el dueño que marchó a Hong Kong ha vuelto, se ha labrado en su lugar original en Omotesando un cuartillo modernísimo (cemento, madera) y japonísimo (limpio, sin decoración, vacío) y cultísimo (lugar de culto entre tokiotas y guiris que han oído hablar de asunto) y despacha a ritmo de tai chi cafés de diversa procedencia (desde Guatemala a Indonesia) con un denominador común: exquisito y en cualquier caso, servicio individualizado, que te hace sentir que no solo vale la pena el café, sino también la espera en la cola al estilo de la RDA, tiempo que se aprovecha para tomar fotos y admirar el trabajo fino y la dedicación. Si me preguntasen qué es la esencia japonesa, el dueño/camarero del café Mameya sería una respuesta muy válida. Si me preguntasen qué no debe uno dejar de hacer en Tokio respondería que tomar un café en este lugar de Omotesando que tanto se parece al espíritu que Sen Rikyu -el maestro de té de los shogunes Oda Nobunaga y Toyoto Hideyoshi- destiló cuando servía el preciado líquido sobre las hojas de té en un espacio cúbico al que se accedía por una puerta diminuta, obligando el shogún a agacharse para entrar en el, por otra parte, minúsculo habitáculo. Sin duda alguna, el nuevo café Mameya conserva el espíritu inicial que su dueño inició en el antiguo y el cubo, todo es un cubo aquí, es una metáfora de las líneas perfectas, como este lugar, al que solo le falta un reloj de arena.

El lujo del zaguán de la nada. Entrada al Koffe Mameya

El lujo del zaguán de la nada. Entrada al Koffe Mameya

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¿Qué más le puede pedir este señor a la vida?

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Rien ne va plus. Lo siento, estamos llenos

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Un cafelito en este rinconcito y lo demás se vuelve borroso

El dueño, a la izquierda, y su mozo

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La planta del zaguán, lo único que se resiste a las intersecciones y las hipotenusas en el cubo perfecto de la cafetería Mameya.

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El cafelito (elegí de Indonesia, especialmente fuerte) y el azuquita pa las tortas)

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Adjunto un mapa para que nadie me tome por un snob que se guarda para sí los grandes lugares de la humanidad.

https://www.yelp.com/map/koffee-mameya-%E6%B8%8B%E8%B0%B7%E5%8C%BA

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