Azafatas de Aeroflot

Vivo en tránsito. La mayoría de los aeropuertos se han transformado en bares de carreteras. Viajamos tan lejos que las compañías aéreas han extendido sus tentáculos hacia nosotros independientemente del lugar del mundo del que procedamos y al que vayamos. No es nuevo, ya Manolete al viajar a América hubo de embarcar al avión Constelation de la TWA en Lisboa, de donde nos han llegado sus fotos sonriente junto a Lupe Sino. Manolete, al que algún ignorante aún no reconoce como artista contemporáneo transgresor y además el mayor rebelde de los años oscuros de franquismo le dijo al responsable político de turno que se iba a América y que se llevaba a Lupe Sino, su novia sin pasar por el altar. Añadió que se lo decía para que lo supiese, no para que le diese permiso, y que se diese prisa en autorizar el pasaporte. El responsable franquista bajó la cabeza y asintió. En España, no mandaba Franco, mandaba Manolete, héroe de vencedores y de vencidos, mito rojo, azul y de los que no poseían color. En tránsito vivimos los que viajamos a ultramar en avión.

¿Cómo se explica que un viaje Madrid-Tokio me haga recalar en Moscú? Soñar con azafatas rusas de Aeroflot es uno de los castigos que lleva aparejados este mundo en el que los aeropuertos son zonas de tránsito hacia otro aeropuerto. Ninguna compañía quiere que le coman su parte del pastel del queroseno y todas te ofrecen llegar a Tokio. He viajado con Finnair haciendo escala en Helsinki, con Swiss en Zurich, Lufthansa en Frankfurt, Turkish en Estambul… En tránsito, con el pasaporte entre los dientes y en este caso con parada en Moscú. Cambio de azafatas. Las azafatas de Aeroflot están esculpidas en mármol helenístico. Es comprensible, tienen que hacer frente al poder del macho de las camisetas que venden en el aeropuerto de Moscú, al poder del Putin marinero, Putin agente especial, Putin cabalgando sobre un oso, Putin redentor. Vivir en tránsito, con un bolso de viaje con galletas y botellita de agua con dibujo de Spiderman. ¡Ah, si mi abuela Rogelia levantase la cabeza! Ella, para la que no había mayor jet lag que los 2 kilómetros que separan Villanueva del Duque de Alcaracejos.

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