Una visita al médico en Tokio (gazpacho o pastillas)

(Otro agosto en Japón I)

gazpacho o pastillas

Hay que ser muy débil para resfriarse en verano. Ese soy yo, don hueso sin carnes que me protejan de los ataques de los bichos malos. ¡Con lo que a mí me gusta ver los gordos del Sumo entrechocar sus adiposas barrigas! Muy malo, pero que muy malo me puse de lo que a mí me parecía un resfriado. No me quedó más remedio que irme al médico. Me acompañaba mi geisha porque aún me resulta difícil explicar en japonés la consistencia de los esputos; y ya sabemos que los médicos son seres muy curiosos que esconden sus ansias por conocer las intimidades ajenas detrás de una bata blanca. La bata blanca les da patente de corso, y así, cual Sherlock Holmes preguntando por Moriarty, te preguntan cosas como “¿le duele a usted el astrágalo?”; y nosotros le respondemos que solo cuando tosemos, aunque no sabemos qué es astrágalo -y sospecho que muchos de esos señores con bata tampoco-.

El caso es que después de rellenar un pequeño formulario en la clínica, observado atentamente por tres jóvenes japonesas con batas azul celeste y mascarilla blanca, esperé unos minutos hasta que me hicieron entrar a ver al galeno. Efectivamente, él llevaba una bata blanca, lo que en cualquier lugar del mundo te acredita como médico licenciado o en su defecto barbero. Como no me puso un mandil ni me lavó mis preciosos incipientes rizos, sospeché que realmente estaba ante el doctor. Tras explicarle mis síntomas, sin despertar en él una sola mirada de ternura, compasión, empatía u odio, llamó a una enfermera de las muchas que tenía a su servicio. Las enfermeras en Japón lo primero que te hacen es una reverencia, y como foráneo nunca sabes si van a sacarte sangre o darte un masaje en los pies. Cualquiera de las dos opciones hubiera sido mejor que la que siguió porque la joven le trajo al doctor del lejano oriente -permítanme que lo llame así- una especie de tubito metálico que estaba unido a otro tubito más largo y que acababa conectado a una máquina que el doctor tenía cerca de su entrepierna. ¡Ah, los hombres somos muy cobardes, lo confieso! ¿Pero cómo no tener miedo de ese tubito tan brillante y que necesariamente en algún punto de la máquina debía estar conectado a la red eléctrica? Téngase en cuenta que como niño ibérico uno está acostumbrado a los latigazos de 220 voltios por meter los dedos en los enchufes, lo que acarreaba otro latigazo en el culo de la madre por eso mismo, meter los dedos en el enchufe. Pero en Japón la electricidad está a 100 voltios, y eso no sabemos si puede producir un efecto desconocido o terrible, como por ejemplo perder el paladar, el gusto por el lechón frito o las aceitunas machacadas. Son riesgos a los que hay que temer.

En la sala de espera, antes de saber lo que realmente me esperaba

En justicia, debo decir que no perdí el paladar y lo celebré haciéndome un gazpachito con tomates japoneses. Y digo esto porque sospecho que si no es por el gazpacho, y unos huevos fritos que añadí de postre, ahora seguramente estaría metido en una caja de zapatos, que es como entierran a los muertos por estos lares. Porque el doctor del sol naciente no se puede comparar com mi doctora Juana del ambulatorio de la Seguridad Social en la calle Lucano, Córdoba (¡Viva el servicio andaluz de salud!!! que además es gratuito y no de copago como aquí en niponia, ¡Viva la doctora Juana!). No se puede comparar porque la doctora Juana te adormece las enfermedades con su cariño y su tierna mirada, y ya quedó expuesto que el doctor Kawasaki no tenía esa mirada. Es más, cuando recibió el tubito metálico de su enfermera, me lo metió por la nariz y – no avisé de mis temores gratuitamente- apretó un botón de la máquina que tenía a la altura de su entrepierna. ¿Qué pasó? Una cosa terrible, una experiencia dantesca: ¡El tubo era un aspirador! Y por aquella aspiradora salieron mis mocos y mis miasmas al tiempo que yo me preguntaba si no estaría saliendo también parte de mi masa cerebral y si el médico no la aprovecharía después para hacerse un sofrito. Repitió la operación por el otro agujero de la nariz, y yo, entregado, pidiendo la muerte, esperando el verduguillo, sintiendo el atroz cosquilleo del blandiblú por mi nariz, solo podía pensar en aquellos faquires que se meten un colmillo de elefante por un agujero de la nariz y lo sacan por el otro.

Finalizada la tortura, me recetó unas pastillas, sin auscultarme siquiera. Dos semanas más estuve penando de mocos, calenturas y dolores de encías, hasta que se me ocurrió hacer el gazpacho y los huevos fritos. Hoy soy un resucitado. No hay que fiarse de las batas blancas nunca, aunque sea en el país que está a la cúspide de la ciencia y la tecnología. ¡Viva el gazpacho!

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(He aquí tres documentos que aportan claridad a mi biopic: la reflexión previa a la ingestión de drogas orientales,; el intento de reponerme con “comida de enfermo”, a saber, pescado blanco, arroz blanco y sopita (esto es igual en Villanueva del Duque y en Tokio); y, finalmente, el libro de instrucciones y las pastillitas al estilo japonés: sin cajita y dosificada de manera exacta.

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Un pensamiento en “Una visita al médico en Tokio (gazpacho o pastillas)

  1. Mucho mejor el gazpacho con huevos fritos, criatura. ¡Dónde va a parar! ¡Y a quién se le ocurre ir al médico por un simple resfriado! Te estás volviendo el hombre blandengue…

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