Masaje kimochi kimochi

(Invierno tokiota 02)

Érase una vez en Jollivú: 5.900 yenes por 60 minutos de conversación para nuevos clientes, 7.000 para los pesados de siempre

Érase una vez en Jollivú: 5.900 yenes por 60 minutos de conversación para nuevos clientes, 7.000 para los pesados de siempre

El que más y el que menos sabe que en Japón, en las películas en las que salen mujeres de cascos ligeros y hombres dotados por la mal repartida naturaleza, pixelan las entrepiernas de las señoras y y los ídem de los señores. A cambio, en los mangas, y en las ilustraciones de los grandes de la pintura japonesa (véase la obra de Utamaro, p. e.) esos mismos atributos aparecen descomunales, aunque quizá a alguien de Camerún no se lo parezcan tanto porque uno de los los rumores de mi pubertad fue que el guardameta de su selección en el mundial de Naranjito 82 llevaba pantalón de chandal porque se le salía cierto salchichón por debajo del meybar. Ese hombre se llamaba N´kono, y luego fichó por el Español de Barcelona.

Podías haber avisado que venías, estamos a medio desvestir

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Pero estábamos en otra cosa. Aquí en Tokio, lo, llamémoslo, erótico-festivo tiene su intríngulis. El barrio más intringulado para ello es Shibuya, centro además gay de la ciudad entre otras cosas; pero en el mío, Akabane, no falta su poquito de picante. Alrededor de la estación del JR (Japan Railways) hay multitud de locales de eso que mi amigo Simeón el Estilita calificaría como de alterne o picantes. Él, que es muy suyo y cuando siente calentura le compra un picardías a su señora -una santa, todo sea dicho-, se asustaría de ver cómo se muestran enormes pechos dibujados en carteles invitando a los hombres solitarios a entrar en el local. Dentro, les voy a contar la verdad, hay mucho fu y poco fa (nada que ver con Fu Manchú). Hablando en plata, que a usted le cobran 30 maravedíes o más por el derecho de hablar media hora con una señorita que en lo posible se viste para parecer inocente de todo lo que se haya roto en la casa.

Nuestros ojos de gato no mienten: dentro hay sofás de escay

Nuestros ojos de gato no mienten: dentro hay sofás de escay

No hay derecho a más porque las japonesas son muy recatadas con los extraños y si se las toca se convierten en estatua de sal. Ahora bien, en esa misma zona de locales en las que usted se puede comer un atún crudo (por favor, no es una metáfora) o gastar sesenta minutos hablando en japonés con una señorita, existen otro tipo de ofertas. Son mucho menos refinadas, cierto, y te dan menos conversación, cierto, pero allá cada uno con lo que haga con su tiempo. Claro que ese trabajo, menos intelectual, está en manos de la inmigración. Por eso, la otra noche, cuando pasaba por allí, se me acercó en la calle una china y me ofreció por 3.000 yenes, menos de lo que vale una conversación, darme un kimochi kimochi masaji. ¿Acepté? ¡Oiga, que yo tengo una geisha en casa! He ahí la diferencia entre China y Japón, kimochi kimochi o conversación. Aunque recuerden aquella película de Saura, Tamaño natural, en la que un hombre solitario se compraba una muñeca que parecía real y en cuyas primeras escenas se ve el envío de la muñeca con procedencia… Japón.

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2 pensamientos en “Masaje kimochi kimochi

  1. Amigo semioriental,ya le digo que yo,en mi condición de hombre solitario(rodeado de mujeres,sí,pero que restan mucho y suman nada),que ni en el peor de mis día cambiaría una conversación de media hora con una dulce japonesa por un “kimochi vamos que nos vamos” chino.Sí pediría que la distancia en esa conversación fuera lo suficientemente corta para que el aroma de la geisha me llegara imperturbable.Nada más.

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