Un acto indecoroso

(Viaje a Lisboa 14) Calle de Lisboa Le tengo que reñir. Le tengo que reñir por pobre. No puedo estar más de acuerdo con su amigo viajero daltónico. ¡Recoger cosas de la basura como un mendigo! Mi querido amigo, todos y usted más que nadie, debemos aspirar a la perfección y a la belleza. Acercarse a un contenedor a rescatar una bolsa de deporte, por muy nueva que estuviera, es un acto indecoroso. Tiene usted que coincidir conmigo a la fuerza. ¿Le hace falta dinero? Yo se lo doy. ¿Quiere usted algo? Yo se lo compro. Pero no me vaya por los contenedores de la mierda buscando reliquias. Incluso puede que la tal bolsa de deporte estuviera apenas desprecintada, que fuese una maravilla, que no haya otra igual, todo lo que usted quiera. Es por principio. Supongamos que se encuentra usted un día con su original propietario por la calle y le dice delante de la gente: ¡Hombre mi bolsa, esa que tiré al contenedor! La única reacción posible que le queda es morirse de vergüenza. Todo el mundo se daría cuenta de por dónde anda y usted, lejos de apreciarlo lo descenderían a los infiernos de la consideración humana. Créese usted un sambenito y no habrá Cristo que se lo quite. ¿Para qué provocar situaciones semejantes? Otro argumento que corrobora mi posición y la de su amigo es la suposición de lo que la bolsa haya transportado en su interior con anterioridad. Una vecina de mi abuela gustaba de criar perros. En cierta ocasión le nacieron un montón que nadie del pueblo quiso porque eran de compañía y no servían para la caza, única actividad para la que los perros eran necesarios en el pueblo, no como ahora que parece que son los que guardan en su interior las virtudes de los hombres. Apenada los reunió en la barriga de una talega y se fue al río imagínese para qué. Por el camino la asaltaron unos tunantes y le arrebataron el canino morral. Pues la muy tonta todavía llegó llorando a su casa compungida por lo que le fuera a pasar a los pobrecitos bichos. Imagine que la tal talega ha tenido un menester parecido o aún peor al que le cuento. ¿Se siente usted ahora triunfador? Yo creo que no. Deshágase de ella, hombre, que yo le compro otra. Suyo. Simeón el Estilita.

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