Adiós vieja Lisboa

(Viaje a Lisboa 13)

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Me gusta Lisboa precisamente por lo que no les gusta a los alemanes: por su aire decadente, por el aspecto de que se vaya a caer en cualquier momento, de que un maremoto se la lleve, de que un azulejo de sus fachadas se desplome y me dé con el pico en la coronilla, por la ropa tendida a la vista del mundo, de un mundo que son turistas que llevan chanclas con calcetines -inequívocamente british o german people-. Y me gusta por las sorpresas, como esa taberna con cuatro botellas de cuando Vasco de Gama era cadete y un dueño que no espera alemanes; o por esa tienda que vende revolwers y espingardas, unas escopetas norteafricanas largas como las piernas de una baloncestista estonia; y me gusta por sus limpiabotas y sus plastificadores ambulantes, que ponen una mesita en la calle y te plastifican esas cosas que quedan bien plastificadas: el carnet de socio del Os Belenenses o el título CEAC de higiene bucodental.

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Son esas cosas que no les gustan a los alemanes las que me gustan de Lisboa, queda dicho. Y así nos vamos de Lisboa, no sin haber tenido antes una gran discusión con el viajero daltónico falso. Na, por una tontería. Por una bolsa de deporte que había en el contenedor de basuras frente al hotel y que me ha gustado. Que no me la llevara me decía, que le daba asco. ¡Pero alma de cántaro si está nuevecita, cómo la voy a dejar! Una bolsa preciosa, en marrón claro, que él decía que era violeta, perdónale señor, con un 73 en el lomo con la tipografía del logo de México 68. Una bolsa como no hay otra igual y con la que voy a presumir, con sus botas de fútbol dentro, en los partidillos de los jueves.

¡Y decía que le daba asco porque estaba tirada en la basura! ¡Pero si no tiene muestras de uso! No sé a dónde vamos a llegar con los remilgos. Recuerdo que en mi infancia, un sábado al mes, en Alemania, los alemanes amontonaban sus cosas viejas en la calle, donde venían unos camiones de la basura recogerlas. Los niños españoles de la emigración nos levantábamos temprano ese sábado y nos íbamos de razzia, como los vikingos en sus tiempos. Y en aquellos montones de cosas que para los alemanes eran viejas encontrábamos tesoros que para nosotros eran nuevos; tesoros en forma de juguetes apenas usados, brillando para nosotros. Los niños alemanes nos miraban desde sus ventanas, con cierto desprecio quizá, pero seguro que por la tarde pensarían que habían tirado un juguete que aún estaba en uso y les entraría el veneno en el cuerpo que te entra porque te sale el gen de la envidia y de la posesión, consustancial a la niñez, pubertad, juventud, edad adulta y recién muerte.

No sé cuando en Portugal y en España hemos dejado de recoger por remilgo las cosas que otros tiraban. Al fin y al cabo nosotros somos países viejos, países usados. Ha habido un momento (¿el euro? ¿La entrada en la UE?) en el que a los del norte les ha interesado que nos sintamos países nuevecitos, dispuestos a tirar los juguetes porque tienen un rasguño. Y ahora, cuando ya nos han usado suficiente nos dicen que lo nuestro siempre fue recoger juguetes de la basura, que qué nos creíamos. La culpa no es de los alemanes. la culpa es nuestra por haber hecho remilgos todos estos años a los juguetes que había en la basura y escuchar los cantos de sirena de esas valquirias devoradoras, con trenzas y una espada grandísima y que andan recortándonos los c.

¿Cómo no voy a coger la bolsa? ¡Pero si está nuevecita!

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2 pensamientos en “Adiós vieja Lisboa

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