Un gordo lobotomizado

(Viaje a Lisboa 09)

Psiquiatrico Alcolea

Mi querido amigo:

¿Que les atacó un gordo lobotomizado? ¡Válgame el Señor! Eso me da un miedo grandísimo y es una de las principales causas por las que vivo recluido en mi patio. Huyo de los tontos y los feos. El asunto de los feos se abordará detenidamente en el futuro. Hoy le contaré la tragedia que viví con un loco lobotomizado.

En cierta ocasión, cuando todavía salía de mi patio, me convidaron unos amigos a un perol en una finca que tenían lindera con un hospital psiquiátrico. Allí estaban los locos de atar y otros más pacíficos de esos que simplemente miran detrás de ti cuando te hablan. A estos les permitían salir a dar paseos por los alrededores sin vigilancia y frecuentaban con asiduidad las fincas colindantes donde en muchas ocasiones también eran convidados a sardinas. A la finca de mis amigos solía llegarse uno de estos pacíficos que yo conocía de otras visitas rústicas y que atendía al nombre de Pepe, aunque nunca sabremos si era su nombre real. Situado con mi coche la mañana del fatídico día de marras en el cruce que dividía la carretera que va al pueblo vecino y la del hospital, sentado en una piedra vi al tal Pepe. Sensibilizado de que tuviera que pegarse una caminata de vuelta al sanatorio, bajé la ventanilla y le invité a facilitarle en camino toda vez que me pillaba de paso en mi viaje. Se levantó de la piedra, cogió una bolsa que llevaba y montó en el coche. A los pocos minutos estábamos ante la puerta de la loquería. Bueno, Pepe, hemos llegado. Pepe levantó la vista de la bolsa, me miró sin verme y me regaló una pieza del contenido de la bolsa. Una magdalena. No Pepe, no quiero, voy a comer arroz. Le dio igual. Sacó la magdalena, la peló y me la dio a comer. Que no, que no quiero, Pepe, te lo agradezco. ¡Te tienes que comer! Para que la cosa no fuese a mayores di cuenta del dulce, pero cuando aún no había terminado de tragármela me fue pelando otra. ¡Esta también! Pepe, hombre, que no. Sí, cómetela, dijo mirando fijamente al horizonte que se dibujaba detrás de mi nuca al tiempo que me soltaba un pellizco en los ijares que me sacó el aire. A mitad de la segunda me estaba pelando la tercera y a mitad de la tercera la cuarta, al tiempo que me animaba a pellizco por magdalena. Una docena me tuve que meter entre pecho y espalda de aquella maldita bolsa que le habían regalado en el obrador del pueblo. Eran inmensas, del tamaño de un tiesto.

Cuando se cansó, sin mediar palabra, Pepe salió del coche con lo que quedaba en la bolsa, que era poco, y llamó al timbre del hospital para que le abrieran. Yo arranqué mi coche y me volví a mi casa. Al llegar llamé por teléfono a mis amigos lamentando no poder asistir por un empacho de la noche anterior.

Comprenderá, querido Nando, que no quiero ni a tiros a locos lobotomizados que pellizcan inocentes y que es una buena causa para no salir de mi patio.

Suyo.

Simeón el Estilita.

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