Lisboa… Lisboa… Lisboa…

(Viaje a Lisboa 02)

L1030482

Mi querido amigo:
¡Irse a Lisboa!, ¡qué locura! Para mí el extranjero empieza en el zaguán de mi casa, que es la frontera entre lo que está en su sitio y lo desordenadamente ignoto. Irse, además ¡con gente a medio conocer! ¡Para que le pase a usted algo por el camino! Imagino que, por lo menos, habrá emprendido viaje con muda limpia no sea que necesite acudir al médico. Sé que conoce la secular regla de las madres de revisar calzoncillos y calcetines cuando se visita al galeno. Tienes que ir compuestito, te decían. En alguna ocasión no he observado a pies juntillas esa regla y he bordeado la tragedia, pero de estos asuntos hablaremos otro día.
Lisboa… Lisboa… Lisboa…. No la conozco. Dicen que sufrió mucho de chica y que eso, de mayor, le da una pesadumbre melancólica. No sé. Ya me contará. Ahora me interesan los viajeros y, sobre todo, esa mano enfundada o guantelete que me enseña en la foto. Una mano muestra. Una mano señala. Esta no. Si no muestra ni señala, no es mano, es reliquia. Y las reliquias y los exvotos dan miedito. En la historia hay ejemplos antonomásticos de semejantes perversiones, como el misterioso caso del brazo incorrupto de Santa Teresa, con quien a buen seguro está relacionada esta imagen. Sepa, querido amigo, que la santa viajera fue desenterrada diez meses después de su muerte y apareció incorrupta y ¡¡¡flexible!!!, o sea, tiernita, tiernita. No quiero imaginar por qué extraña degeneración se les ocurrió desenterrar a la monja, pero parece que en todo aquel despropósito había un cura llamado Padre Gracián. A este desequilibrado se le ocurrió tomar un hacha y amputarle la mano derecha para mandarle la santa carne a las Carmelitas Descalzas de Ávila. Hay que tener mal gusto. Pero ahí no queda la cosa. Va a peor. Así imagino yo la escena de la exhumación:
– Padre Gracián: ¡Mi madre! ¡La santa está entera!
– Enterrador 1: ¿Qué hacemos?
– Enterrador 2: ¡Joder, qué asco!
– Padre Gracián: Estoy seguro que a las Descalzas de Ávila les gustaría tener un recuerdo. Trae p’acá la jacha (Con h aspirada, como lo decía mi abuelo).
– Enterrador 1: Oiga, padre, ya que le ha arrancado el brazo ¿no me puede cortar un dedo para un cuñao mío muy creyente?
– Padre Gracián: Sea. ¡Apartarse, que ataco otra vez!
– Enterrador 2: Bueno si empezáis así, yo quiero mi parte.
– Padre Gracián: ¿Y tú qué quieres?
– Enterrador 2: Me basta con un ojo.
– Padre Gracián: Aquí hay pa’to er mundo ¡Hacerme sitio que voy a dejar a la santa hecha fosfatina!
El Padre Gracián se escupió en ambas manos, asió con firmeza el astil del hacha y repartió santa a todo el que tenía un crucifijo en su casa. No se explica si no el extenso reparto de fiambre de monja. A saber, la mandíbula y el pie derecho están en Roma, el otro brazo anda por otro lado, el corazón, enlatado en conserva, por otro, y por valles y montañas multitud de cachitos a modo de cochifrito. Uno de los brazos llegó, vía orden carmelita, hasta Lisboa y no sé si sigue allí o es el mismo que hay en Ronda mudado con la expulsión de la orden carmelita en la revolución portuguesa de 1910. El brazo de Ronda, que ya le digo puede ser el mismo de Lisboa que usted me muestra en su foto, es el que adoraba Franco en su dormitorio y lo protegía de rojos, judíos y masones. Cuando el Maligno recogió el alma del Caudillo para transfigurarla en vaya usted a saber qué suerte de bicho, doña Carmen la devolvió a Ronda de donde la habían arrancado las hordas comunistas. Todo cuadra como un puzle celestial.
Pero la historia de la santa mano no acaba aquí. Inquieta ella, en los cuarenta años que aguantó los ronquidos del Generalísimo también viajó y vio mundo. En cierta ocasión acompañó a la Generalísima y a su hija a un congreso de cristianos en Estados Unidos. Era la estrella. El problema, como todas las divas, lo tuvo en la aduana del aeropuerto. Al abrir las maletas para comprobar el equipaje, el policía encargado de tal menester no sabía qué hacer con aquello. Tomó el teléfono y consultó a su superior. Resultó algo así:
– Policía: Mike, esta gente de España trae una cosa muy rara.
– Aduanero jefe: ¡Joder Spencer, estoy hasta la bola de informes! ¿No puedes arreglarlo tú? ¿Qué es?
– Policía: Dicen que la mano de una santa.
– Aduanero jefe: No jodas
– Policía: Vaya. ¿Cómo lo catalogo en el informe? No hay casilla para brazos de santos.
– Aduanero jefe: Vamos a ver ¿qué forma tiene?
– Policía: Es como un guante de hojalata con una especie de boniato en escabeche dentro.
– Aduanero jefe: “Conservas y salazones”
– Policía: Gracias Mike.
– Aduanero jefe: De nada Spencer y no me llames pa pegos.
Como estos asuntos me ponen la piel de gallina, le rogaría que en lo sucesivo, si se encuentra con algún otro resto de santo en salazón o salmuera, se lo guarde para usted.

Suyo,

Simeón el Estilita.

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