Bocadillos de románico

(Barcelona 05)

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Estimados legos, profanos y profetas Continuando mi viaje barcelonés, decidí dejar de lado los menús a 12 euros y conducido (¿y abducido?) por mi tío Florencio viajamos en su Ford hacia el Monasterio de Montserrat. Antes dimos cuenta de un opíparo desayuno en una cafetería de Martorell llamada Der Eber, de claras reminiscencias alemanas puesto que sus dueños formaron parte de aquella emigración de los 60 y 70 del pasado siglo, de la que también yo formé parte como infante encanijado ante los brutos niños alemanes. En realidad mi tío Florencio tenía pensado ir a desayunar a una cafetería que decía aún no haber visitado -lo dudo- porque allí ponían para desayunar unos bocadillos de bacon con jamón o con queso y, palabras textuales, quería comprobar si estaban buenos. Mi tío Florencio nunca ha sido albañil, y antes de trajinar con la harina de la fábrica Solvai de Martorell -ya lo saben, mermeladas y antibióticos- era panadero en Villanueva del Duque, provincia de Córdoba. Como panadero se hacía sus bollos y por tanto no se le puede reprender su afición a la bollería. Su afición albañilesca a desayunar a las nueve de la mañana bocadillos de bacon grasiento con jamón debe ser costumbre adquirida en las Cataluñas, para que luego digan que la inmersión lingüística no es suficiente. Mi tío, con todo, tiene arranques de sinceridad en los que confiesa que su barriga ha engordado 10 kilos en unos meses y que tiene que moderarse en el comer. Aprovechando su debilidad le aconsejé que, apoyado en mi fuerza espiritual (¡!) cambiásemos el bocadillo de bacon por unas tostadas. Quién sabe si abrumado por el cargo de conciencia de mis 55 kilos con ropa, decidió dejar para otra ocasión los bocadillos, cambió de bar de destino y acabamos en el ya reseñado alemanizado. Allí, un servidor pidió un café espreso y una tostada con mermelada. Mi tío, con su bocadillo girando alrededor de la cabeza como en los dibujos animados, pidió dos tostadas con aceite y tomate, la famosa pantumaca catalana. Mientras deglutía el pantumaca me hablaba de lo bueno que sería cenar ensaladas, no comer tanta cantidad, olvidar el fritoleo… cuando ya estábamos de nuevo en el coche camino de Montserrat y, viendo los campos verdes, la primavera florecida, el ascenso entre curvas al monasterio, filosofaba sobre la vida diciéndome lo bien que se tenía que estar de picnic en estos paisajes, con un buen bocadillo y sus ojos brillaban cuando decía las palabras bacon, queso, jamón… Hacía años que mi tío y yo hicimos por primera vez esta visita al monasterio de Montserrat. Son muchas curvas pero como era un día entre semana el poco tráfico las hacía más llevaderas. Unos 10 kilómetros antes de llegar vi un cartel que indicaba una iglesia a la izquierda y adiviné una pequeña torre que se desvelaba románica. Le dije a mi tío que se apartara hacia dicha iglesia, que resultó ser la iglesia de Santa Cecilia. Por el lugar y el casi abandono en el que se encuentra, más parecía ermita, pero, ¡ay, amigo Simeón Estilita!, usted sabe valorar lo sacro y por eso le diré que se trata de una antigua abadía benedictina de la que queda en pie la iglesia ¡datada en el siglo X! Aquella esplendorosa visión románica de decoración exterior de estilo lombardo, ya sabe, esos arquitos que salen del techo y adornan en forma de columnas hasta el suelo el exterior de la iglesia. Es de planta irregular, de tres naves, de las cuales el piso de la central está más bajo que las laterales. Puede usted suponer que en 1.000 años ha tenido alguna que otra reforma, un incendio en el siglo XIX y, destacable, una reforma importante de manos del arquitecto Josep Puig y Cadafalch, ya sabe usted, un distinguido modernista catalán, discípulo de Montaner y autor de la escalonada fachada de la Casa Amatller, en el Paseig de Gràcia barcelonés. Pero no tema, nada hay de modernismo allí. Como veo que mi relato le está cansando, acabaré por decirle que mi tío Florencio contemplaba los alrededores de la iglesia de piedra, de aquel monumento románico y desconocido para casi todos los que suben a Montserrat y me decía: “Aquí viene la gente, se sienta en la hierba, contempla el paisaje y saca sus bocadillos y cuando se los comen se lo pasan en grande”. Entonces fue la maletero del coche, sacó unos bocadillo de bacon con jamón y nos los comimos a la sombra del románico.

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