Restaurantes de postín

(Barcelona 02)

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Mi querido Nando, ¡ve, ve lo que le digo!… si en vez de acudir a Barcelona a no sé qué, hubiese usted venido a mi patio, habría regalado a su estómago un manjar de dioses. En los días a los que se refiere, en mi casa dimos cuenta de una exquisita boronía coronada en su cerviz con un distinguido huevo frito. Humilde, sí, pero amigo mío, ¡no confunda humildad con sosería! La boronía se regó con un fino en rama “Amargoso” de Bodegas El Gallo y se acompañó con una brizna de bacalao seco adquirido en el último “ultramarinos” que queda en la ciudad. De postre, una mandarina.

En cambio usted me cuenta la historia de un cebadero en el que dan de comer ¡a mil personas al día! Si tiene que acudir a un comedor social porque no tiene dinero, yo se lo doy. Si es por no contradecir a su tío Florencio, me callo. Las familias tienen costumbres muy lejanas a uno.

Pero a fin de cuentas lo único preocupante de lo que cuenta es su salud. Supongo que no habrá llegado la sangre al río pues ha tenido fuerzas suficientes para escribirme. Los males de vómito y diarrea son de lo peor que puede atacar a un humano. Recuerdo una vez que caí malo de lo que mi abuela llamaba “colitis”, que me apresuro en aclararle que no es inflamación de la cola. Me ocurrió en Egipto. Sí, sí, en Egipto, pues aunque usted critique que nunca salga de mi patio, en otro tiempo ¡caprichos de juventud!, quise conocer mundo y saber lo que no sabía. Así que tomé un avión, un barco, una chalupa, un Land Rover y todo lo necesario para ver pirámides, templos y sepulturas. En ese viaje, como digo, cené en un restaurante lujosamente decorado “a lo moro”. Sirvieron verduras frescas, exquisitas como toda la huerta del Nilo, pero nocivas como la cicuta. De madrugada pedí la muerte.

A la mañana siguiente debíamos cruzar inexcusablemente el desierto líbico camino del Mar Rojo. El viaje era en todoterreno por pistas sin asfaltar. El Land Rover egipcio que nos transportaba tenía las ventanillas de los viajeros soldadas para que no se pudiesen bajar. Ignoro el motivo. Así que, malo como un perro y sin pegar ojo en toda la noche, inicié camino. Al instante vino lo que tenía que venir: otro ataque vírico. Avisé al conductor a la manera del conocido chiste de Paco Gandía: ¡”Papa que largo”! repitiéndolo en sucesivas ocasiones como una letanía pero cada vez con menos voz. El convoy, formado por cinco Land Rover de turistas y otros tantos vehículos militares de protección no podía detenerse por ser zona de conflicto con unos insurrectos que pretendían, a lo Puerto Hurraco, cuatro cerros de reseca arena. Negada la parada que pedí, sólo conseguí que en plena marcha me abrieran las portezuelas traseras por donde se cargan a las reses muertas en las monterías de Sierra Morena. Y allí me tiene, con medio cuerpo asomando fuera del coche, cruzando a toda pastilla el desierto líbico, sujeto por la cintura por uno que se apiadó de mí y largando estopa a lo Krakatoa. Creo que los insurgentes no nos atacaron por no tener armas con las que combatir la amenaza nuclear que yo portaba en mi interior. Verde botijo era “la coló” de mi cara. Cincuenta grados y yo tiritando de frío. Un frío interior que recorría cada escondite de mi cuerpo en tanto que un pensamiento martilleaba mi cabeza: “Aquí, sólo, sin medicamentos, a mil kilómetros del hospital más cercano, como muera o me convierta en un impedimento para esta gente, me tiran al desierto como si fuera escombro y que me coman los bichos”.

Tengo mucho más sobre este asunto, pero refrescar el recuerdo me ha cansado.
Hasta más ver.
Suyo.

Simeón el Estilita.

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