Estimado Simeón y demás profetas

(Barcelona 01)

Mejillones

Un nuevo encargo me ha llevado hasta tierras catalanas, vía tren, ya que, como usted intuye, mi escarabajo sigue bajo los efectos de las altas fiebres que lo tienen en cuarentena, acuartelado, arrestado, si prefiere, por hombres de monos azules, dedos grasientos, uñas zaínas y paredes con calendarios de muchachas poco decorosas y muy volumínicas.

No viene al caso que le cuente en detalle los encargos que he recibido y debo cumplimentar tanto en la ciudad de Barcelona como en algunas localidades de los alrededores. Pero debe saber que uno de ellos ha sido informar sobre restaurantes con menú del día que no sobrepasase los 12 euros. El primer lugar que he visitado ha sido por recomendación de mi tío Florencio y en su compañía. Debo decirle que mi tío Florencio es de comer fácil, hasta el punto de que el maletero de su Ford de 200.000 kilómetros es una despensa por si acaso llegase el tsunami. En él puede usted encontrar magníficas almendras garrapiñadas, chocolate, caramelos y un sinfín de cosas que endulzan la vida. Por eso mi tío gusta de ir en coche a todos sitios, pues al aparcar aprovecha para abrir el maletero como los de las fiestas rave y escuchar la música del crujir de las garrapiñadas.

Así pues, el primer lugar de Barcelona con menú a 12 euros que he visitado ha resultado el llamado “Salamanca”. Existe un local matriz con precios abusivos y al parecer de calidad en Barcelona, pero mi tío, cumpliendo las limitaciones de los 12 euros (que son dos mil pesetas, no se olvide, dos mil pesetas el menú, que no es moco de pavo) me ha llevado al nuevo mesón del “Salamanca”. Está en el puerto de Barcelona y o conté mal o entre terraza con bambalinas e interior con jamones colgando podrían caber unas 400 personas. Calculé unos 100 camareros, aunque quizá contando a los cocineros. El caso es que tienen varios menús, uno de ellos a 12 euros, otro a 15, otro a 24. Nos sentaron en una mesa redonda para seis comensales -sería al ver la cara de mi tío e intuir el arsenal que contiene el maletero de su coche- con mantel de tela y servilletas de ídem. El menú consistía en unos cuantos platos para picar y el segundo a elegir, además de postre y vino. Los platos de picar resultaron ser escandalosamente generosos si se supone que van destinados a dos personas, y paso a relatárselos pues lo merecen. Nos trajeron unas aceitunas de manzanilla algunas de las cuales no eran verdes en su totalidad, sino con sospechosas manchas blancas como de haberles dado la malaria y estar de extremaunción. Vinieron dos taquitos de queso manchego que sobraron de la inauguración de las olimpiadas de Barcelona del 92, acompañados por rodajas de salchichón, chorizo y lomo, de tal aspecto que si se las ponen a usted en China dirá que son de perro y hablará mal de China para los restos. De la ensalada ¡qué decir!, son las bolsas de diversos lechugajes que mezclan en los supermercados de marcas blancas y que creo que, en este caso, no la quisieron ni los pobres que esperan en la puerta a los yogures caducados. Luego nos trajeron unos mejillones (todo esto seguía formando parte de esos “entrantes” antes del segundo plato) con un caldo anaranjado. Al traerlos debían haber traído un sobre con pregunta al estilo de los programas de televisión; en dicho sobre debería haber puesto: “¿Cuál cree que será la causa de su próxima diarrea fulminante: los mejillones o el caldo?” No cuento más porque, estimado Simeón, estimados profetas, alguno de ustedes tiene el estómago muy sensible, cree en los chacras y esto podría dejarle turuleta. Por si los mejillones no habían acabado con nosotros nos trajeron unos chocos o chipirones pequeñitos, aceitosos, de fritanga, con ese molesto plastiquillo que tienen de nacimiento en el interior de su tripa sin limpiar. Chapeau: de premio en un concurso de cocina de chiringuitos para turistas en Torremolinos del año 1961.

Finalmente nos trajeron el segundo. había cuatro platos entre los que elegir; mi tío, que había deglutido bajo su metro y 66 casi todo lo que anteriormente le relaté, puesto que yo, melifluo, al probarlo se me encogía el escroto, mi tío Florencio, le digo, pidió Paella, y yo, arroz negro. ¿Diferencia? la color, que dirán los de su barrio de patios y macetas. Le digo que mi arroz negro era una paella a la que le habían echado un E-324 con tinte y harina maizena, de la que sirve para espesar sopas industriales como para hacer antibióticos. Y se lo digo con conocimiento de causa pues mi tío Florencio es jubilado de la Solvai, empresa que de la harina de patata y maíz hace antibióticos y mermeladas y que luego cargan en camiones y acaban en las farmacias o en nuestras neveras. El caso es que después de llenarme las uñas de tinta negra -aún la tengo a pesar de que mi ordenador es blanco- decidí que disimular con un cuarto de plato de aquella pasta homicida era más que suficiente. Sin embargo, mi tío, estando su paella -es un decir, una ofensa a Valencia- por la mitad exclamó una de aquellas frases que no se me olvidarán jamás, especialmente porque en mi relato no falto un ápice a la verdad. Bien, la frase concreta de mi tío, al verse sobrepasado por la cantidad de comida (¿?) que estaba engullendo, fue: “Me dan ganas de llorar de ver que no puedo seguir comiendo”.

Algún camarero debió oírle, nos retiró los platos y nos trajo tarta de Santiago y helado. Mi tío, ya es el día siguiente al de los hechos, sigue con diarrea y lo achaca al caldo de los mejillones. Yo, sigo asustado al ver que por 12 euros a usted le dan de comer como a un cochino de matanza y sólo eché en falta un cartel que dijese claramente el tipo de comensales que se espera y el tipo de comida que se sirve por esos 12 euros; no sé, algo así como “Si quiere un kilo de cáscaras de sandía, diga oink, oink”. Salamanca se llama el sitio, en el puerto de Barcelona, ya le digo, y los camareros, orgullosos y sin empacho nos dijeron que habían servido unas 1.000 comidas. Al salir vi una foto del dueño con Rajoy, persona que, comentarios políticos no vienen al caso, siempre me ha parecido que ha estaba aguantando para ir a hacer de vientre, que diría mi tío Florencio si no estuviese ahora mismo tirando de la cadena.

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