No todo sigue igual

(Todo sigue igual 07)

Trayectoria de la cornada

Mi querido amigo, usted tituló este episodio como “Todo sigue igual”. Debo contradecirle. Hay cosas que cambian. Yo, sin ir más lejos, he salido de mi patio. Sí, sí, lo que oye. La otra mañana tomé mi viejo automóvil y abandoné el calor de la cochera donde habita con el propósito de cumplir con un recado ineludible. Le imagino ahora con el ceño fruncido, pero no se preocupe, el primer asombrado fue el propio coche. Me senté en el puesto de mando y procedí a girar la llave de contacto. Siguieron un par de estornudos metálicos producto de su extrañeza o de alguna alergia que tuviera de alérgenos a los ácaros, al polvo o al propio tiempo, tras lo cual, el mecanismo comenzó a funcionar como de estreno. Y allí me tiene, tras el timón, surcando los procelosos mares de las calles de la ciudad, sorteando autobuses como tempestades y “motillos” como afilados escollos.

Llegado a mi destino atraqué el coche en un puerto que consideré al abrigo de golpes de mar y oleajes peligrosos. Hice lo que tenía que hacer y regresé a pilotar mi nave de vuelta a casa. Pero todo el minucioso estudio de la costa que había hecho previo a la maniobra de atraque resultó inútil. Me encontré el coche con una cornada en la ingle derecha a la altura del triángulo de Scarpa. Un boquete por donde se le escapaba la vida. No había testigos. Un enjambre de gentes transitaba por la calle y nadie había visto nada. Pensé en lo ciertas que eran cuantas advertencias le hago a usted sobre que el hombre ya está perdido sin remisión. Pero en ese momento la fortuna se apiadó de mí bajo la forma a un humilde tendero del puesto de caracoles vecino. Éste me advirtió de que el causante del bollo era un camión de reparto. Corrí calle arriba en busca del incívico hasta darle alcance. La carrera me revigorizó y al tiempo de tocarle el cristal para advertir al conductor de mi presencia, mi cuerpo estaba henchido, guerrero, ganador. Pedí al camionero que bajara para resolver el asunto. De mala gana lo hizo. Le recriminé su conducta y al instante comenzó a darme unas explicaciones de lo más peregrino acompañadas de manoteos intimidantes en la cercanía de mi careto. Me mantuve inalterable hasta que advertí un detalle. Le faltaba un dedo a una de sus enormes manos. En ese momento me venció psicológicamente. Debo aclararle que la falta no era completa, tan solo una parte, que bien mirado, es casi peor porque no muestra la tragedia al completo sino que la sugiere. Al instante caí presa de un sinfín de elucubraciones sobre el origen del vacío en su mano. Dos falanges habían emigrado del cuerpo hacia la nada hartas de aguantar a un ser tan bruto.
Advertida mi pérdida de contundencia no me quedó más remedio que aparentar reciedumbre y, en una maniobra de lo más arriesgada y ocurrente insinuarle que era militar. El recurso funcionó, así que seguí presionando recomendándole que lo más oportuno era llamar a mis compañeros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Lo vi dudar. Se vino abajo. Ahora no manoteaba sino que ofrecía las manos y el hueco del dedo en señal de acuerdo. Opté por no mirarlas y centrarme en una rueda del camión. La tortilla había cambiado y volvía a ser yo el que mandaba.
Y así, triunfante, volví a mi casa con un papelito donde llevaba anotados nombre, teléfono, número de la póliza del seguro y hasta su dirección. Eran las ofrendas de mi triunfo, las orejas y rabo ganadas en buena lid en el alquitranado albero de la calle.
Y ya no salgo más.
Suyo,
Simeón el Estilita.

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Un pensamiento en “No todo sigue igual

  1. Estimado Estilita, las gentes a las que les faltan trozos de cuerpo -sin faltar y con perdón- suelen ser taimadas, truchimanas y solapadas. Yo le puedo contar el caso del manco de Torremolinos, pero no viene al caso y prefiero no acordarme. Solo le advierto que teniendo usted amigos como tiene, no ande haciéndose el valiente a solas que a poco que se descuide un manco se la lía, acuérdese de Millán Astray
    suyo

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