El omphalós ὀμφαλός

(Constantinópolis 08)

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La Mezquita Azul desde las ventanas del primer piso de Santa Sofía

¡Ah, mi querido amigo Simeón Estilita! No solo tiene usted razón cuando dice que estoy donde habita Dios (con o sin turbante es lo de menos) sino que le daré un detalle que nunca nos contaron cuando estudiamos el arte bizantino de Santa Sofía en aquella gloriosa facultad de Filosofía y Letras de Córdoba que mantiene hoy día sus tradiciones (doy fe de que el café sigue siendo extraordinariamente diurético). El detalle es que por fin he entrado en Hagia Sofía -hablemos en plata- y aparte de lo que sabíamos por los libros (recuerde usted aquellas frases de abuela: si sale en la tele es que tiene que ser verdad) me encuentro con un lugar acotado por unas cuerdecitas, un lugar en el que no dejan que pisen los turistas, un par de metros cuadrados en el suelo, casi perpendicular a la cúpula, cercano a lo que debía ser el altar. ¿Para qué servía? Para que el emperador de Bizancio se sentara allí a escuchar la misa, a que los oropeles de su túnica, iluminados por la luz cenital de la cúpula, hiciesen de la catedral un anticipo de las discotecas de los 70. ¿Y cómo se llama ese acotado espacio? Pues sí, se llamaba y se llama el omphalos. Sí, el ὀμφαλός, el ombligo del mundo en castizo, el sucesor del oráculo de Delfos. ¿Y aún sigue creyendo que el patio de su casa es el ombligo del mundo, el meridiano de Greenwich de los eremitas por cansinismo ajeno? ¡Salga de casa a pesar de los tontos que encontrará en la calle! Revuélquese como un gorrino en el primer charco que encuentre, hágase emperador de Bizancio, a usted, con su piquito de oro no le costaría nada, que yo sé que antes de ser lo que es camelaba por teléfono a las monjas hablándoles de su etapa de rockabilly.

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Turistas fotografiándose desconociendo que la cuerdecita roja junto a ellos es el ombligo del mundo

Estoy hablando de usted, estimado eremita, y olvido hablar de lo que hay dentro de Hagia Sofía y de la inmensidad de espacio que alberga. Podría también hablarle de los emperadores que aparecen en sus mosaicos, de Juan Comneno y su emperatriz Irene, o de la emperatriz Zoe y su marido Constantino IX Monomaco, bajo los cuales se produjo el Cisma de Oriente. Pero todo eso no lo creerá usted si no lo ve. Ni un eremita, ni un santo gallego puede imaginarse esa cúpula que vuela porque la han llenado de ventanas en la base: ¡Loor a Isidoro de Mileto y Artemio de Tralles!

Solo me queda decirle que la catedral estaba asaltada por unos andamios que llegaban hasta la cúpula para lavarle la cara. Usted sabe que esa cúpula se cayó al poco de construirla -un terremoto según algunas fuentes, una cuña mal puesta según otras- y allá por el 650 la rehicieron. No se puede hacer una idea de cuantos andamios hacen falta para llegar hasta arriba. De hecho, los andamios se paran unos metros antes como si les hubiese dado miedo tocar el cielo mientras abajo, en su suelo de mármol, un espacio acotado por una cuerdecita nos habla de la necesidad del hombre de mirarse su propio ombligo.

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Los andamios que no se atreven a tocar la cúpula

Antes de tomar el avión aún me da tiempo de pasear junto al estrecho del Bósforo que separa Europa, raptada por el toro Zeus, de Asia. El Bósforo es palabra que une foros (pasaje) con Bous, que ya sabe usted que significa toro, no le digo más.

Me voy a otro sitio. La siguiente parada es Saigón o ciudad de Ho Chi Minh, que está por la Cochinchina. Después el sepelio del señor Taga en Tokio del cual le doy un adelanto: mi geisha, ya que hace falta traje negro, me ha propuesto que me ponga uno de los de su padre, que a la sazón es el muerto. ¿Cómo interpretaría un brujo gallego esto?

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Un pensamiento en “El omphalós ὀμφαλός

  1. Por dios, no te pongas un traje del muerto, aunque estés en Japón, acuérdate que eso no lo harías si estuvieses en tu bella Córdoba.
    Bueno, ya nos contarás como acaba todo esto, estoy en un sin vivir.
    Pongo a Estambul en mi agenda, que me has intrigado con tus lecciones de historia.
    Matta ne!, Samurái Yuri

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