Elogio de la lentitud

(Constantinópolis 06)

Mi querido amigo:

No es nueva su animadversión por Alejandro Sanz. Hace años que le escucho la cantinela. En fin, cada uno tiene sus manías. La mía es Alex Ubago, a quien sólo me lo puedo imaginar llorando detrás del cristal de una ventana azotada por la lluvia exterior. En cualquier caso, debo desviar su atención hacia un aspecto de este artista turco que ha grabado para la posteridad y que quizá se le haya pasado por alto: su lentitud. Pero líbrenme los dioses de hacer crítica de este aspecto. Creo firmemente que la lentitud va asociada a la elegancia. Así se lo digo. Vuelva a mirar el vídeo. Ausencia de movimiento, impoluto traje negro con aristocrático chaleco, elegancia sin artificio. Aquí no hay saltos de saltimbanqui, ni ropa de pobre, ni gorras de mecánico de Fórmula 1 con la visera vuelta para la nuca. Tela fina y zapato italiano. Ahí es nada. Este tal Mustafá Demir es un artistazo. El problema es de su manager, que aún teniendo un producto sin igual, no ha encontrado la canción que lo lance al estrellato internacional.

Vuelve a acusarme de triste “alejandrosanzismo” por no querer salir de mi patio, por no querer escuchar las canciones de los Mustafá Demir del mundo. Le vuelvo a decir que ni Pavarotti cantando el Nessun Dorma del Turandot de Puccini le llega a la altura de la uña a mis canarios enjaulados. Enjaulados que dice usted, yo prefiero decir guardados. No me hace falta salir para escuchar la belleza natural del canto.

Me preocupa y mucho saber que ha puesto su yugular al capricho de una navaja barbera turca. ¡Señor de mi vida ¿qué hace?! Ya no me espanto de la salubridad de la hoja, -que a saber qué gargantas ha frecuentado-, me alarmo de la mano que la mece. Pocas veces está un hombre más vendido que en un sillón de barbero con su herramienta bordeando la nuez. A pesar del elogio de la lentitud que acabo de expresarle en el caso de Mustafá Demir, debo decirle que abomino de la situación aquella en la que la única defensa de un hombre sea quedarse quieto. No hay sitio donde agarrarse, salvo las propias partes pudendas. Y esta acción, en caso de ataque, sirve para poco. Dentistas, oculistas y barberos son gente peligrosa que sin el más mínimo riesgo tienen el destino de su cliente al capricho de su voluntad o a la veleidad de cómo se levanten ese día. Si quiere riesgo póngase delante de las vacas de El Viso, que hace poco se han corrido y bien sabe usted que lucen pitones como culebras.

Suyo.

Simeón el Estilita.

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