Delicias turcas

(Constantinópolis 03)

Delicias Turcas

 

Tendría unos 15 años cuando vi la película Delicias Turcas de Paul Verhoeven. Si mi madre -y la vuestra- la hubiese visto habría dicho que era una cochinada. ¿Por qué entonces a ese holandés se le ocurrió titular así la película? Ni idea, sólo recuerdo que el protagonista coleccionaba vello púbico de las mujeres que se echaba al catre.

Casi junta un serrallo con ellas y años después aquel protagonista, en otra película, Blade Runner, dijo aquella frase que escribió Philip K. Dick en su libro ¿Sueñan las ovejas con androides eléctricos?: “He visto cosas que vosotros no creeríais, atacar naves en llamas más allá de Orión…” Sí, era el replicante Rutger Hauer el protagonista también de Delicias Turcas. ¿Se refería a las naves de la batalla de Lepanto? No olvidemos que los turcos de Selim II fueron los que le dejaron la mano tonta a Miguel de Cervantes aunque ese día perdiesen por goleada. El caso es que paseando por los alrededores de la Mezquita Azul o del sultán Ahmed me encuentro en un mercadillo con los típicos dulces que se llaman delicias turcas y que no compro por temor a que dentro venga la mano tonta de Cervantes o bello púbico holandés.

Mezquita Azul

 
El mercadillo está separado de la mezquita por los restos del hipódromo de época romana en el que el paso del tiempo ha dejado entre otras cosas un obelisco egipcio que contrasta con los seis minaretes que se aprecian a su espalda. Pero, a lo que vamos, aprovechando el ramadán entro a rezarle a Alá en la Mezquita Azul, con una estructura arquitectónica que nace de la Santa Sofía que tiene a pocos metros de distancia y tengo que dejar para mañana. Entre mujeres cubiertas de velo y tíos del bigote (los famosos Sloan turcos), pisando en calcetines del Zara su preciosa alfombra roja sólo puedo recordar, para poder retener unas lágrimas ante tanta magnificencia, aquello que dijo el replicante: “He visto cosas que vosotros no creeríais…”.


Y así me quedo hasta que entra la madrugada, cesa el pregón, las del velo recogen a la prole y los del bigote se quedan de charla mística mientras se van apagando las luces y solo queda iluminada la gran cúpula azul que lo envuelve todo, incluso a los que no han salido de su casa, a los que viajan sin ruedas más allá de Orión.

Mujeres en Mezquita

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